Ruta por los Pirineos

Después de muchas pruebas y tanteos, ya era hora de darle un buen repaso a la moto (y a mis “posaderas”) y lanzarme a la aventura con mi amigo Gulusmero. Este Octubre pasado tuvimos la suerte de disfrutar de un tiempo excelente mientras paseábamos por todo el Pirineo francés y español.

Si algo bueno tiene preparar una ruta con Gulusmero, es que sabes que va preparado. Y las aventuras preparadas son menos aventura, pero la seguridad también tiene su gracias.

La A-2 nos llevó desde el centro de la península hasta Zaragoza, donde paramos a echar gasolina a las motos y un café a nuestros estómagos. Hicimos noche en Berga, y desde allí tuvimos ocasión de comentar, con buenas cañas y patatas bravas, la ruta que teníamos pensado hacer al día siguiente.

 

Al día siguiente el tiempo acompañó, brindándonos un cálido sol bastante inusual para estar en Octubre y a muchos metros de altura. Por suerte este tiempo benigno fue la tónica general del viaje y debemos estar agradecidos a quien fuera el responsable de ello. Dudo que Gulusmero tuviera algo que ver, pero viendo lo perfeccionista que es para estas cosas, no me extrañaría que tuviera algo que ver.

La subida hasta el Port de Lers fue agradable. Larga, pero agradable. Encontrar las pintadas de apoyo a Alberto Contador nos subió el ánimo y las ganas de dormir una siestecita después del bocadillo de rigor. Gulusmero eligió un sitio magnífico, pues la casita abandonada donde paramos tenía lo que se necesitaba: una mesa tipo “picnic” y miles de kilómetros de hierba, montes, cielo abierto y vacas. Se ganó su merecido descanso.

Sería muy tedioso describir la ruta tramo por tramo, pues fueron más de dos mil kilómetros, y juro que los disfrutamos todos. Recuerdo que aquel primer día hicimos muchos kilómetros sobre la moto y supimos aprender para el resto de días. Dormimos en España (no por nada patriótico, sino por el simple y llano interés en aprovechar los teléfonos móviles para hacer llamadas más baratas y conectarnos a internet), en concreto en Vielha. La ruta hasta allí fue preciosa,  y encontramos los típicos pueblos franceses a los que tardamos poco en acostumbrarnos. No pude resistir la tentación de echarle una foto a la moto con el fondo de la típica “Boulangerie”…

Por cierto, fue la primera vez que las motos viajaron fuera de España. Pero no la primera vez que dormían en la calle (como se puede ver en la foto, pensamos hasta en el alojamiento para nuestros “caballos”, pues al fin y al cabo son ellos los que nos llevan).

La mañana siguiente la pasamos con un objetivo en mente: la subida al Tourmalet. Más que una subida, un símbolo. Muchas siestas de verano viendo desde el sofá cómo escalan los ciclistas a una de los puertos de montaña más famosos del Tour de Francia. Para mí fue algo anecdótico. Para Gulusmero fue algo parecido a ver cumplido un sueño. Por eso le saqué una foto que bien pudiera ser portada de una revista de motos. A ver si adivináis cuál es…

Antes de subir al Tourmalet coronamos el Col del Aspin, rodeados de espectadores vacunos que nos miraban impasibles, anunciando la siesta que estaba por llegar.

La siesta a la que hago referencia tuvo lugar en Gavarnie, y como no podía ser de otro modo, el espectáculo no decepcionó. Gulusmero me dijo que tendríamos que desviarnos un poco, pero que merecía la pena para ver toda la cadena montañosa y la gran cascada que se divisaba a lo lejos. Como digo, mejor fiarse de él en momentos así. Lástima que las imágenes no hagan justicia del esplendor ante el que nos encontrábamos.

La noche nos pilló en Salent de Gallego, de nuevo España. Antes de que el sol se ocultara disfrutamos de dos puertos de montaña espectaculares (Soulor y Aubisque), y sería inútil describir la belleza del paisaje, las puestas de sol, los maravillosos trazados de asfalto para moteros y de tierra para nosotros… una delicia de viaje.

Al día siguiente ajustamos las sillas de nuestras motos y nos dimos cuenta de que estaban frías. Fue la primera vez que las motos (¡podéis creerlo!) habían dormido en la calle. Nos hizo gracia comprobar hasta dónde habíamos ido para aparcar las motos…

La ruta fue tranquila, porque sabíamos que nos despedíamos de Francia. Como si los Pirineos franceses quisieran decirnos adiós de una manera agradable, nos topamos con un bosque espectacular, salido de la nada, y no pudimos evitar para echar unas fotos. Antes de llegar a Ochagavía, precioso pueblo navarro donde pasamos la noche, Gulusmero quiso inmortalizarse como un nuevo Roldán que se disponía a conquistar el “Reyno de Navarra”.

Antes de dormir en Ochagavía y ponernos hasta arriba de sidra, dimos una vuelta con la moto (¡como si nos hiciera falta!) y acabamos metidos en una pista forestal que aparentemente no podía transitarse. Mis conocimientos en derecho y mi picaresca española y andaluza hicieron el resto: si la señal de prohibido está puesta en una valla y ésta está levantada, entonces se puede cruzar. Y la foto de Gulusmero ilustra el momento a la perfección.

Como puede apreciarse en las fotos, animales no faltaron en el camino, ya fueran águilas, caballos, cerdos y burros… persiguiendo a otros burros.

El último día del viaje transcurrió por suelo español, a pesar de que las imágenes de las Bardenas Reales parezcan salidas de un desierto del lejano oriente. O del Oeste americano, ya puestos.

De nuevo tuvimos la oportunidad de disfrutar de las magníficas rutas que Gulusmero sabe preparar. El desierto de las Bardenas Reales fue el escenario propicio para hacer un poco el cabra, dando saltos y derrapes por todos lados.

Acabamos la jornada con el castillo de Atienza de fondo, donde aprovechamos para una última foto patriótica, punto final de una aventura de verdaderos “conquistadores”.

Y lavar la moto, por supuesto. Eso siempre…

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