Puertos de la sierra norte de Madrid

El mes de enero es crucial a la hora de predecir cómo se desarrollarán los “propósitos de enmienda” para el año en curso. Uno de éstos incluye el hacer más y más rutas en moto, por lo que el día 7 de enero de 2013 fue elegido para empezar con buen pie en esto de las dos ruedas.

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El día estaba nublado, como puede verse en la fotografía, y así permaneció hasta la noche, pero ello no evitó que improvisara una pequeña ruta por algunos puertos de montaña de la Sierra Norte de Madrid. Arranqué la moto con la esperanza de que a partir de los 1600 metros el sol brillara y bajo mis pies sólo quedara un mar de nubes…

La tarea de echar gasolina, que es lo primero que hay que hacer al salir de ruta, no auguraba un día muy soleado…

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Por suerte, una vez que me alejé de la gran urbe madrileña, la niebla se difuminó y el sol hizo su aparición estelar. La hierba respondía a la aparición del sol con un juego visualmente llamativo: el rocío congelado, esa especie de tundra que aparece en las mañanas frías, se circunscribía a las sombras de los árboles.

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La ruta comenzó en MANZANARES DEL REAL, un bello pueblo de la sierra de Madrid, con un castillo impresionante y muy bien conservado, y unas espectaculares vistas al embalse de Santillana.

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Aparqué la moto cerca de la plaza del Ayuntamiento, junto a la Iglesia y el bar Manín, donde tomé el pertinente desayuno-rutero: ritual de tostada y té que incluye la planificación, mapa en mano, de la ruta que se pretende llevar a cabo.

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Una vez con la ruta en la cabeza (y en el GPS), llegó el momento de ponerse en marcha. Tuve la suerte de aparcar junto a otro motero, y más suerte aún de que fuera lugareño: le pregunté algunas dudas que tenía sobre pistas y caminos. Siempre es recomendable aprovechar estos pequeños encuentros para comentar la ruta que se pretende hacer y estar abiertos a recibir los consejos de los demás.

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Saliendo de Manzanares del Real, tomé dirección al Puerto de Navacerrada. Preferí elegir la carretera comarcal que pasa por EL BOALO y por MATAELPINO, para no dejar nunca de ver la sierra a mi alrededor. La imponente Pedriza era un espectáculo para la vista.

Antes de subir a Navacerrada me acerqué a CERCEDILLA, pues quería atisbar la Fuenfría y la Dehesa, así como la “calzada romana” que mi compañero motero me había recomendado. Como era de esperar (y como es normal en Madrid), la pista es para senderismo o bicicleta, nada de motos, o sea que media vuelta y subimos al primer puerto de la ruta.

La vista desde Navacerrada puso de manifiesto la idea que tuve por la mañana: Madrid desaparecía engullido por un mar de nubes…

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Desde este puerto es tradicional bajar hasta la Granja de San Hildefonso o Segovia, pasando por las famosas “Siete Revueltas”, siete curvas muy reviradas que son muy divertidas y nada peligrosas. Aunque mi ruta no pasaba por allí, decidí pasearlas fugazmente, aunque fuera para probar la nueva moto: es lo que tiene llevar 3000 kilómetros con ella y disfrutar como un niño con zapatos nuevos.

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De vuelta al Puerto de Navacerrada, tomé la carretera M-604 que lleva al Puerto de Cotos.

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Esta carretera M-604 transcurre como un si fuera un mirador: a un lado queda toda la Sierra de Guadarrama, nevada o no según la época. Al otro lado sí encontré una pared bastante nevada, por estar más protegida del sol…

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Una vez que pasamos el Puerto de Cotos y dejamos a la izquierda Peñalara, iniciamos el descenso hasta RASCAFRÍA, por una preciosa carretera estrecha rodeada de pinos.

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En RASCAFRÍA podemos visitar el Monasterio del Paular, pero reconozco que yo lo vi con obras por fuera, y no me paré más que lo justo para estirar las piernas por el llamado “Puente del Perdón”.

Siguiendo adelante nos adentramos en LOZOYA, con el embalse de  Pinilla como gran anfitrión. A lo lejos podían divisarse las cumbres nevadas de la sierra de Guadarrama, apenas unas leves canas que patentizan la humildad de unas montañas longevas.

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Desde LOZOYA subí hasta el Puerto de Navafría. Antes de llegar vi una pista forestal que no parecía prohibida. Una de las normas que aprendí en un curso de conducción off road es que nunca se debe hacer campo o pistas si viajas en solitario: los peligros en caso de caída, lesión o avería, son mucho más graves si estás solo. A pesar de la advertencia, las ganas de meter la moto por el campo, aunque fuera un poco, pudo frente a la prudencia. Quité el ABS y seleccioné la suspensión blanda. Me aventuré por una pista que podía depararme cualquier cosa, y esa es la gracia de la aventura…

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Las vistas eran espectaculares, con el embalse de Pinilla al fondo. La sensación de aventura y descubrimiento aumentaron, y lo que en principio parecía que iba a ser una pista de veinte metros hasta un cartel de prohibido el paso, acabó siendo una pista agreste bastante larga y sinuosa: justo lo que estaba buscando (a lo lejos puede verse por donde discurre el camino).

De repente, en medio de toda la inmensidad y la belleza del bosque, me encuentro un pequeño riachuelo, y con ello mi primer vadeo. Si ya es una locura coger la moto por el campo en solitario, más aún es cruzar un riachuelo pequeño, pues cuando cruzas un río por primera vez, todo parece más largo y más profundo.

Ni siquiera tuve tiempo para planificar lo que debía hacer, pues mientras pensaba si cruzarlo del tirón o no, me caí al suelo…

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Era la primera vez que me caía al suelo estando solo. Sólo me había ocurrido en el curso o con otros compañeros haciendo rutas, pero nunca solo. Fue entonces cuando la teoría se olvida y comienzan los problemas: ¿Por qué al caer me agarro con fuerza al acelerador y revoluciono la moto? ¿Qué es ese humo blanco que sale del tubo de escape? ¿Por qué no puse el pie o me aseguré de que el firme era estable? Y lo más importante… ¿Qué cojones hago metiéndome solo en ese berenjenal?

Bueno, la idea era coger experiencia, y vive Dios que a base de caídas se adquiere. Una vez que me alejé de la moto con cuidado de no quedar atrapado (los cilindros en bóxer facilitan mucho dicha tarea) y apagué el contacto, respiré con profundidad para recobrar el aliento y el ritmo cardíaco: se había acelerado en dos segundos como si lo revolucionado no fuera el motor sino mi corazón. Al minuto, y tras echar una fotografía y reírme de mí mismo (útil para quitar el estrés) levanté la moto tal y como me enseñaron y crucé el vado del tirón, medio cabreado medio alegre.

La moto apenas sufrió un rasguño, pues el protector del cilindro izquierdo fue lo único que rozó el suelo y éste apenas se manchó. Dinero bien invertido, sin duda. El retrovisor, no obstante, estaba flojo, pues la tuerca se había desenroscado. Como no tenía intención de volver por autovía sin retrovisor, aparqué la moto en un lugar bonito y soleado, saqué las escasas herramientas que por defecto trae la moto (una llave inglesa y poco más) y apreté las tuercas hasta dejarlo todo perfecto. Fue mi primera “reparación” en marcha, y soy lo bastante humilde como para tomar la siguiente nota mental: 1. Comprar buenas herramientas, 2. Llevarlas siempre, 3. Saber usarlas, 4. No escatimar en cinta americana, navaja, pulpos y cualesquiera elementos de supervivencia.

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Después de cruzar el Puerto de Navafría, seguí hasta el pueblo que le da nombre y un poco más hasta la Nacional 110. Ésta la tomé a la derecha, dirección Soria. Una opción hubiera sido girar a la izquierda hasta Segovia y volver por las siete retuertas hasta Navacerrada para hacer una pequeña ruta circular, pero mi intención era cruzar todavía otros dos puertos más.

Un pequeño refrigerio tuvo lugar en Arcones, en un bar de carretera llamado Bar Pepi. La elección fue obvia, cuando pasé delante de semejante caballada…

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La N-110 me llevó hasta la A-1. Pude acercarme a RIAZA, que era la intención originaria, pero decidí seguir con la idea de los Puertos de la Sierra Norte, por lo que bajé por la A-1 pasando por el Puerto de Somosierra hasta BUITRAGO DE LOZOYA. Desde allí tomé la carretera comarcal que pasa por VILLAVIEJA DE LOZOYA, SAN MAMÉS, GARGANTILLA DE LOZOYA y finalmente LOZOYA, donde pasé cerca del embalse antes de subir al Puerto de la Morcuera.

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La subida al Puerto de la Morcuera me encanta. Lo he recorrido varias veces y no me canso de las vistas y de la sensación de soledad que se siente. Viajar en moto casi siempre significa soledad, aunque vayas con otros compañeros o uses un intercomunidador. Y esta sensación de soledad, de ir a solas con la moto y la naturaleza, se maximiza en un puerto de montaña como éste, donde apenas ves otro vehículo que no sean caballos, y cuesta creer que en un paraje semejante estamos tan cerca de la capital.

Aproveché para echarme una auto-foto en uno de mis puertos favoritos, con aire místico al más puro estilo “Lonely rider”…

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Desde el Puerto de la Morcuera se apreciaba, a las cuatro de la tarde más o menos, un Madrid totalmente enterrado bajo las nubes, y grandes montañas que asomaban su cresta tímidamente como si fueran puntas de un iceberg de piedra.

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A veces parecía que estaba en frente del Monte Fuji. Y yo, que he estado allí, sé lo que me digo.

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Incluso desde el último puerto, el de Canencia, se podía apreciar cómo la niebla se colaba en los valles frente a mis propios ojos.

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Después de Canencia, tomé la A-1 y volví a Madrid antes de que anocheciera. Esa era la intención, obviamente, pues la noche me alcanzó nada más descender unos cientos de metros: la niebla que no había dejado de abrazar la ciudad en todo el día me sumergió a mí en una noche anticipada.

Aquí tenéis una muestra de lo que estoy hablando… ¡esto es niebla y no la novela de Unamuno!

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Acabada la ruta y antes de llegar a casa pasé por la gasolinera y, de perdidos al río, me puse a lavar la moto bajo una niebla que era a ratos llovizna y a ratos túnel de lavado averiado. Pero entré en la cochera con la moto inmaculada, como si no hubieran pasado 400 kilómetros y muchas experiencias en todo el día.

Aquí me despido, con ganas de volver, de seguir aprendiendo y, sobre todo, de seguir disfrutando.

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