Primer aniversario Touratech: una vuelta por la Alcarria

Cuando Yago, el encargado de la tienda Touratech en Madrid, me llamó por teléfono y me dijo “Luis, necesito tu ayuda”, no supe qué contestar. Pero al aclararme que necesitaba que le organizase la ruta especial de aniversario, la respuesta llegó más rápida a mis labios que a mi cabeza: “Cuenta conmigo”, le dije. Y después pensé en lo que acababa de decir…

Ahora puedo reconocer que mi impulso inicial derivó, sin duda, de la inexperiencia, del atrevimiento del ignorante. Y es que aunque pueda parecer un cometido atractivo y sencillo, organizar un evento de estas características conlleva no pocas dosis de presión y estrés, no siempre bien remuneradas. Cuando eres perfeccionista y te gusta que todo salga bien, es normal que te agobies ante las contingencias no previstas o, directamente, las situaciones imposibles de resolver.

Dentro de mi poco recorrido en el mundo de las rutas en moto, he ido aprendiendo poco a poco a organizar mis rutas según ciertos criterios que considero, humildemente, de algún interés. Cuánto debe durar la ruta según la estación del año, por dónde pasar, qué evitar, dónde y qué comer, qué visitar, dónde hacer paradas para fotografiar… a responder estas y otras cuestiones me he dedicado en los últimos tres años, y gracias a conejillos de indias como mis amigos José María y Ginés, ahora puedo sentirme orgulloso de que las rutas que organizo actualmente disten mucho de las iniciales, más fruto de la improvisación que de la reflexión. Pero estando como estoy acostumbrado a salir de ruta acompañado de tres o cuatro moteros, me preguntaba si algún día sería capaz de “tirar del carro” de quince o veinte motos. Y por eso, cuando Yago me pidió ayuda, salí en su busca al instante. No tanto para ayudarle a él como, por el contrario, para dejarme ayudar a cubrir esa falta de experiencia, esa carencia a la hora de dirigir a grandes grupos de moteros. Gracias, pues, Yago, por la oportunidad para aprender y compartir este momento.

¿Pero cómo iba a organizar una ruta por la Alcarria para tantas motos? Bueno, rutas por Guadalajara puedo organizar muchas: no en vano me encuentro en la actualidad escribiendo un libro de rutas por esta región y creo que es una zona que conozco bien. Pero existían varios condicionantes que limitaban mi “creatividad” a la hora de elegir los sitios a visitar y las carreteras por las que rodar. Habíamos quedado a las 9:00 en la tienda, pero con tanta gente había previsión de estar saliendo de Madrid casi a las 10:00. A Brihuega tendríamos que llegar a comer a las 14:00, más o menos, así que eso nos dejaba unas cuatro horas potenciales de ruta. Pero cuando sales con unas 30 motos, las paradas se hacen eternas: cigarrillos, fotografías, cambio de ropa por el calor… lo que en un grupo de 4 motos serían 5 minutos, en nuestro caso no bajaba de 20…

Por otro lado, era necesario planear las paradas concienzudamente, pues puedo conocer un pequeño saliente con un mirador muy bonito, pero donde difícilmente cabrían aparcadas seis motos. Callejear con una comitiva tan nutrida de motoristas es complicado, y a veces las paradas son poco prácticas. Por eso tuve que organizar y seleccionar espacios abiertos y amplios para las paradas de rigor.

Finalmente, la ruta estaba abierta a cualquier tipo de moto, incluso con parejas, lo que eliminaba la posibilidad de hacer algo fuera del asfalto o por carreteras muy rotas.

Con estos y otros condicionantes en la cabeza, opté por una ruta que, sin ser la “ideal”, es decir, la que le haría a un amigo mío si quisiera enseñarle lo mejor de Guadalajara en moto, cumpliera el expediente, permitiendo rodar a un grupo grande por carreteras atractivas, haciendo paradas en lugares de interés en los que fuera fácil aparcar las motos y todo ello a un ritmo de marcha tranquilo, más para disfrutar el paisaje que para competir con el que va delante. No sé si conseguí este objetivo, pero por algunos comentarios que recibí, parece que a la mayoría le gustó la ruta, lo que no es poco (es imposible contentar al 100%).

Como no conocía ni a la mitad de los que irían a la ruta, tenía que arriesgarme con algunas decisiones. ¿Castillos e iglesias? ¿Embalses y picos? ¿Muchas o pocas curvas? Me encontraba como un chef que tuviera que hacer un menú para 40 personas, sin saber de antemano si algunos eran vegetarianos, celíacos o intolerantes a algún alimento. Mi solución salomónica fue optar por el término medio: la ruta debía incluir algunos aspectos culturales, naturales, paisajísticos y estrictamente moteros. Y para ello eché mano de algún castillo, una picota renacentista, una ermita que fue transportada piedra a piedra hasta un mirador espectacular, el embalse más famoso de Guadalajara, una carretera que parece excavada en un desfiladero y otras repletas de curvas y los tonos ocres del otoño.

¿Queréis conocer la ruta que propuse? ¡Pues vamos allá!

RUTÓMETRO: Madrid – Santos de la Humosa – Pioz (castillo) -Fuentenovilla (picota) – Zorita de los Canes (castillo) – Almonacid de Zorita – Salto de Bolarque – Sayatón – Alocén – Durón (ermita) – Budia – Brihuega

Al final salimos, como me temía, un poco más tarde de las 9:00. Como el grupo era grande lo dividimos en tres, encargándonos de cada uno de ellos Yago, Juan y un servidor. Lo primero que hicimos fue reagruparnos en los aparcamientos del Decathlon de San Fernando de Henares (salida 16 desde la A2). Después pusimos rumbo a Alcalá de Henares, siguiendo la A2. Originalmente la idea era subir por los Santos de la Humosa, que es el último pueblo madrileño antes de entrar en Guadalajara (por aquella zona, se entiende), porque tiene una subida muy agradable en moto y desde la que se domina todo el “Corredor del Henares”. Pero unos días antes había comprobado la ruta y advertí que la carretera que iba de los Santos de la Humosa a Pioz estaba cortada, teniendo que desviarnos por Santorcaz. Así que el día de la ruta cambiamos de pueblo y abandonamos la A2 un poco antes de llegar a Alcalá de Henares, en concreto en la salida 23 (Alcalá de Henares, Loeches, M-300), tomando la dirección a Los Hueros por la M-300 y subiendo el Gurugú. De esta manera pudimos alcanzar Santorcaz por una carretera bastante solitaria y con un entorno más rural que la aburrida autovía. Desde allí fuimos hasta Pioz para hacer una primera parada en su magníficamente conservado castillo.

Pioz

A veces la cancela está abierta, en cuyo caso recomiendo un paseo por el interior

El castillo de Pioz es un ejemplo magnífico de castillo palaciego renacentista, habiendo pasado de manos de la familia Mendoza a la de Gómez de Ciudad Real. A pesar de su apariencia militar, apenas tuvo uso como fortaleza defensiva: la Reconquista estaba acabando al momento de su construcción, y ni la Guerra de la Independencia ni la Guerra Civil destrozaron sus fuertes muros, que todavía resisten el paso del tiempo y nos facilitan la labor de imaginar cómo debió ser la vida en su interior. En la breve intervención que tuve para explicar algunos detalles de este monumento llamé la atención sobre las particulares “aspilleras de cruz y orbe”. Las aspilleras o saeteras, son los orificios normalmente alargados que se practicaban en los muros de las fortalezas para permitir que los defensores dispararan flechas a los invasores. Con la aparición de la ballesta, estas aspilleras empiezan a construirse con forma de cruz, lo que facilita el uso de este arma (horizontal, a diferencia del arco, que es de uso vertical), pasando a denominarse “ballesteras”. En el caso del castillo de Pioz, pueden observarse ejemplos muy bien conservados de estas aspilleras de cruz y orbe, que tienen la parte inferior redonda, como las troneras de los buques de guerra. No sé si estos detalles fueron de interés para los moteros de la ruta, pero con que uno de ellos haya aprendido algo, ya me siento satisfecho.

A diferencia de otros castillos, el de Pioz puede rodearse en moto y cuenta con una explanada para aparcar un gran número de ellas casi pegadas al foso. De nuevo, no fue la belleza intrínseca del castillo (que no es mi preferido) sino su accesibilidad lo que determinó su elección para la primera parada.

Desde Pioz tomamos la CM-2004 en dirección Mondéjar, y un poco antes de llegar nos desviamos a la izquierda por la CM-2001, con la finalidad de parar en Fuentenovilla y fotografiarnos junto a su célebre picota.

En la plaza mayor de Fuentenovilla se encuentra una picota renacentista que se puede considerar como una de las muestras más artísticas de este género en nuestro país. Las picotas sirvieron inicialmente para realizar los ajusticiamientos, ya fuera atando a los reos para torturarlos con un látigo o directamente clavando sus cabezas en ella (de ahí su etimología, pues antiguamente se clavaban las cabezas en picas). Otras estructuras similares, los rollos, servían para la promulgación de edictos y normas (de ahí su nombre, porque se colgaban los pergaminos con las leyes “enrolladas” para que todos pudieran conocerlas), así como para el reconocimiento del régimen de las villas en los que se levantaban estas columnas de piedra. Normalmente indicaban que el señor de la villa podía administrar justicia en nombre del rey.

La picota de Fuentenovilla es grande, cuenta con una escalinata de piedra de enormes proporciones y está rematada por un capitel ornamentado digno de contemplar. Magnífico monumento para una primera foto de grupo.

Fuentenovilla

Coronando la picota de Fuentenovilla

Para los que estén interesados en el origen de las palabras, antes de acabar la parte “cultural” de la ruta responderemos a esta pregunta: ¿Por qué se “sancionan” las leyes?

Si alguna vez cometéis la osadía de leer una norma del BOE, veréis que el Rey sanciona las normas que se publican. Una vez promulgadas, las normas jurídicas requieren ser sancionadas para entrar en vigor, es decir, para ser aplicables. Pero la palabra “sanción” suena a multa o pena, ¿verdad? ¿Cómo es posible que usemos la misma palabra para referirnos a una multa administrativa por conducir rápido (“me han sancionado retirándome el carné”) que al hecho de dotar de eficacia a una norma jurídica?

Veamos un poco de etimología e Historia del Derecho. La palabra “sanción” proviene del latín (sanctio), palabra que inicialmente significaba norma o ley (con esta acepción se conserva en castellano cuando se habla de la “Pragmática Sanción de 1830”, por ejemplo). Este término tiene raíces indoeuropeas (en concreto, en sánscrito) y del término “-Sak”, que uniría conceptos relacionados con la sangre y lo religioso. Ejemplo de estas palabras latinas que han llegado al castellano serían sangre, santo, sacerdote, sacrificio, sanción, consagrar, sagrado, etc…

¿Y qué tiene ver que todo esto con la picota y las leyes sancionadas? Pues porque en la antigüedad, el derecho y lo religioso estaban muy unidos. Se administraba justicia en nombre de uno o varios dioses, se realizaban sacrificios para consagrar altares (lo que se hacía con la sangre de los animales), lo que explica que estos conceptos estén unidos. En el caso de las normas, se manchaban de sangre para hacerlas inviolables, para consagrarlas. Es decir, se “sangraban” (o “sancionan”, como decimos hoy día).

Acabemos con un ejemplo: un señor de una villa colgaba en un rollo una norma que prohibía la venta de determinados productos los días de mercado. Cuando el primero que violaba la ley era ajusticiado en la picota (normalmente servía el mismo rollo), y se le torturaba o condenaba a recibir latigazos, se usaba la sangre del reo para manchar el pergamino con la norma. De esta manera, cuando alguien de la villa viera una norma colgada en el rollo y manchada de sangre (sancionada), sabría que la norma estaba en vigor porque, literalmente, alguien había dejado su sangre sobre ella. Actualmente, por suerte, el monarca sanciona simbólicamente las leyes…

Dejando a un lado esta apasionante (al menos para mí) historia, seguimos la ruta. Estas dos primeras paradas fueron la parte cultural de la ruta. Desconozco si por ello, o por ser muy seguidas, estas paradas no gustaron a todos, porque unos cuantos moteros se desmarcaron de la ruta y decidieron seguir a su aire. Cada cual a lo suyo, pienso yo, pero me parece una falta de respeto, no hacía mí (por supuesto), sino hacia la organización del evento. El aniversario se basaba en compartir ruta y experiencias con todos los participantes y luego comer juntos en Brihuega. Si alguien quería rodar en corpúsculos y luego juntarse para comer, que no se hubiera apuntado. A lo largo de la ruta hubo varios moteros que me preguntaron dónde estaba el resto. Cuando les dije que unos 6 moteros se habían ido a su aire me preguntaron “¿y eso?”. Lo mismo me pregunto yo: “¿y eso?”. Cada cual se retrata con sus actos.

Dejamos Yebra por la CM-2001 y tomamos la CM-219 hacia la derecha, en dirección Almoguera. Nada más tomar esa carretera nos desviamos hacia la izquierda en dirección al Tajo y la bella localidad de Zorita de los Canes, cuyo imponente castillo parece que nos vigila desde la lejanía. Tanto el castillo como la villa visigótica de Recópolis, merecen una visita.

Nos aproximamos a Almonacid de Zorita, que atravesamos por su muralla y flanqueando la iglesia para tomar la GU-226 que nos llevará al Salto de Bolarque, pequeño pueblo construido expresamente para los trabajadores de la presa. El entorno natural de esa zona es espectacular. En concreto, el tramo que hay hasta Sayatón cuenta con unas curvas muy divertidas, peraltadas y de buen firme: una pequeña concesión para los más apasionados a la conducción deportiva.

Desde Sayatón remontamos el Tajo siguiendo la CM-2009, dejando a la derecha el famoso castillo roquero de Anguix (no pudimos detenernos a verlo por falta de tiempo y por lo impracticable de su ubicación, pero para eso es un castillo roquero, ¿no?).

Un poco antes de alcanzar la N-320, doblamos a la derecha y cruzamos el Tajo por un puente de piedra, lo que nos permitió subir hasta la presa de Sacedón por el lado opuesto a la carretera nacional, una pequeño tramo casi excavado en la montaña que ofrece unas vistas magníficas del tajo que forma el río (del mismo nombre).

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Este puente pasa desapercibido desde la N-320, pero merece la pena cruzarlo, detenerse sobre él y admirar las azuladas y cristalinas aguas del Tajo

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Alberto, Gurru y José Manuel en segundo término, porque en primero está el profético dorsal de MOTOVINILO con el número 25, que a pesar del “premio” de su rima y contra todo pronóstico, acabó siendo ganador en el sorteo…

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Parada, fotografía, cigarrillo y… ¡seguimos de ruta!

Una vez que cruzamos la presa, tocaba dirigirse hasta Alocén, a través de una carretera secundaria que se toma nada más salir del túnel que hay en dirección a Guadalajara (dirección contraria a Sacedón). La GU-999 es una forma muy interesante de bordear el embalse de Entrepeñas, contemplando los extenson pinares y los meandros que forma el embalse a medida que la carretera va cogiendo más y más altura. Es cierto que es estrecha y que el firme deja mucho que desear, pero qué demonios, esto era una ruta Touratech, y aunque no podía salirme del asfalto, intenté que el tramo desde el puente hasta Alocén fuera lo más cerca a salir por campo que alguien con una moto de carretera pudiera hacer.

Dejando a la izquierda Alocén, nos encontramos con la N-204. La opción larga hubiera sido tomarla hacia la derecha, cruzando el embalse por un puente bastante largo, para dirigirnos hasta Trillo, pasando por La Puerta, las Tetas de Viana y otros enclaves interesantes. Pero como el tiempo apremiaba y debíamos llegar a la hora programada a Brihuega, opté por visitar la ermita de la Esperanza en Durón y luego poner rumbo al restaurante sin más rodeos.

Para llegar hasta la ermita tuvimos que tomar la N-204 hacia la izquierda, pasar el desvío de Durón y, un poco más adelante, al doblar en una curva amplia hacia la izquierda (que ofrece una buena perspectiva del embalse), meternos por un pequeño camino sin señalizar que sale hacia la derecha. Un minuto más tarde, y por otro tramo “off road” apto para todos los públicos, nos encontramos con esta ermita, cuyo principal aliciente (aparte de ubicarse en un enclave de excepción desde la que disfrutar de todo el paraje que nos rodeaba) era conocer su historia: fue traída piedra a piedra desde su lugar de construcción original para evitar quedar sumergida bajo las aguas del embalse que se construyó a mediados del siglo XX.

En la ermita aprovechamos para hacer otra foto de grupo aprovechando una escalinata de piedra. Es otro ejemplo de la necesidad de prever una ruta que permita aparcar y fotografiar a un grupo grande de moteros. Aunque el principal motivo para detenernos allí fue, sin duda, la de miccionar detrás de algún árbol, lo que hicieron casi todos, yo incluido.

ermita

Desde que apreté el botón de la cámara y trepé como una salamanquesa apoyándome en los pies de Yago y Alberto, pasaron unos diez interminables segundos. Nadie confiaba en que llegaría a tiempo. Yo tampoco…

Desandamos el camino hacia Durón, población que atravesamos en un momento para continuar rodando por una carretera, la CM-2013, que lleva hasta Budia a través de un verdadero vergel. Como ya lo describiera Camilo José Cela en su “Viaje a la Alcarria”, esta zona de Guadalajara que comunica el embalse de Entrepeñas con el valle del Tajuña es verde y fresca, perfecta para los múltiples cultivos que se agolpan unos sobre otros aprovechando hasta el más pequeño reducto de tierra. Una delicia para los sentidos.

Un poco después de Budia cogemos la GU-902, que nos llevará hasta la CM-2005 y desde allí, a la derecha siguiendo el Tajuña, hasta Brihuega. La GU-902 tiene un tramo recto muy largo, con varias subidas y bajadas, lo que debió ser impresionante cuando se circula con un grupo de motos tan numeroso.

En Brihuega nos esperaban Rocío y María, que habían acondicionado el restaurante Peña Bermeja, junto al castillo del mismo nombre, colocando banderas de Touratech y unos detalles de la marca en el asiento de cada participante. Cuando organicé la ruta le recomendé a Yago comer en ese restaurante, no sólo porque las veces que he comido allí me han tratado muy bien y tienen buena relación calidad/precio, sino porque podríamos cerrarlo para el evento si alcanzábamos un número lo suficientemente grande. Visto el resultado, me alegro de la recomendación y de haber negociado la reserva de todo el local para nosotros, porque creo que los participantes valoraron positivamente el haber dispuesto de todo el restaurante para la recepción, la comida (que fue estupenda) y el sorteo que se celebró después.

Desde aquí aprovecho para recomendar este restaurante, y mando un saludo fuerte a Fernando y Olga, que supieron estar a la altura y agasajarnos a todos para que nos sintiéramos como en casa.

Los que estén interesados en ver las fotos del restaurante y el sorteo, pueden entrar en el Facebook de Touratech España y disfrutar del reportaje que hizo Yago.

Al acabar, y sabiendo que algunos moteros quieren exprimir las horas de sol hasta el final, preparé una vuelta a Madrid más larga. Al fin y al cabo es comprensible: ya que han pedido en casa permiso para el domingo, hay que aprovecharlo al máximo.

La ruta de vuelta, originariamente, preveía una visita a Torija, con la finalidad de explicar algunas cosas interesantes de su castillo (que por cierto, es una maravilla), y echar la última fotografía de grupo, por si alguien quería volver pronto a casa. Al final, debido a la hora, opté por pasar por Torija sin detenernos. Obviamente, quien pretenda sacar el máximo partido a esta ruta haría bien en visitar tanto el castillo como el Centro de Interpretación Turística de la provincia de Guadalajara y el museo de “Viaje a la Alcarria” albergados en su interior.

Desde Torija, la idea era dar un pequeño rodeo antes de alcanzar Guadalajara a las 19:00, para que la media hora que la separa de Madrid se hiciera con los últimos rayos de sol (siempre es preferible evitar regresar de noche cuando viajas en moto).

Lo primero que hicimos fue dirigirnos por la GU-907 hacia Valdegrudas y de allí a Calaspueñas. La bajada a Calaspueñas es muy bonita, pues se pasa de la meseta al valle por una carretera de pendiente considerable. Una vez en Calaspueñas existen dos opciones: una carretera de tierra que nos lleva directamente a Valdeavellano, y otra de asfalto que nos obliga a atravesar antes Valdesaz. La primera opción es la más corta e interesante, pero tampoco podía arriesgarme a meter al grupo por tierra y grava sin saber qué motos ni qué experiencia tenían los participantes. Así que dimos un pequeño rodeo hasta Valdesaz. He de reconocer que este tramo es de los más interesantes de la ruta, pues se trata de una carretera estrecha, flanqueada de árboles que lucen un color amarillo (propio del otoño) y de un pequeño riachuelo llamado Ungría, que a veces parece una acequia. Sin duda la época en la que hicimos la ruta y lo “asfixiante” de la vegetación que nos rodeaba constituyeron un aliciente visual de primer nivel.

Antes de llegar a Valdesaz hay un pequeño camino que lleva hasta la fuente de piedra a la entrada del pueblo. Los árboles que flanquean este camino parecen columnas de una vía porticada natural, perfectos para hacer una foto de todo el grupo en moto, pero un coche que venía detrás nuestro nos lo impidió. Y es raro, porque apenas vimos vehículos por estas carreteras tan secundarias.

Desde Valdesaz se remonta y gana altura hasta llegar a Valdeavellano, a través de un terreno cuya vegetación es más escasa que en el valle que acabamos de dejar. Esta altura la volveremos a perder una vez que iniciemos el descenso hasta Lupiana, que es bastante agradable y cuyas curvas fueron disfrutadas por los que alargamos la ruta hasta allí. Desde Lupiana hay una carretera de unos 7 kilómetros de asfalto muy roto que lleva hasta Centenera, pero que se pasa sin dificultad.

El último punto de la ruta fue Iriépal, que se alcanza por la GU-905. Justo antes de llegar allí nos detuvimos en un pequeño mirador desde el que, en los días claros, se aprecian perfectamente las cuatro torres de Madrid, a pesar de estar por detrás de Guadalajara. Allí nos despedimos unos de otros, escoltados por un atardecer que llegaba a su fin y puso el broche a una jornada perfecta.

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Aunque sufrí un poco de presión al principio, reconozco que la experiencia fue extraordinariamente positiva

Acabada la ruta y asimilando todas las experiencias y emociones del día, he de admitir que quedé muy satisfecho con el resultado. Siempre es posible mejorar, pero para ser la primera excursión en moto, planificando una ruta para tanta gente y pendientes de hacer las paradas precisas, ajustar el tiempo y organizar el restaurante para el evento, no estuvo nada mal.

Hubo un compañero que era de Guadalajara y me preguntó a mitad del día que dónde había visto la ruta que estábamos haciendo. Yo, henchido de orgullo al pensar que le estaba gustando mucho, le dije que la había improvisado un poco cogiendo un poco de varias rutas que tengo en el libro que estoy escribiendo. Él me contestó que se conocía la ruta de la A a la Z, porque la había hecho en repetidas ocasiones. Reconozco que me llevé un palo, pero es normal que no puedas sorprender a todos los participantes, y menos a uno que vive en Guadalajara. Al fin y al cabo, como os dije, la ruta nos es la ideal, la que yo haría para dos o tres amigos que quisieran conocer lo más bonito de Guadalajara, era más una solución de compromiso y muy condicionada. Pero incluso en este caso me llevé una grata sorpresa porque este compañero, al acabar la ruta, me dijo que había decidido volverse a casa antes de terminar, pero que se perdió un poco y al vernos hacer la parte final, se unió al grupo. Me reconoció que la “vuelta larga” que había organizado como alternativa para los que quisieran seguir rodando un poco más después de comer no la conocía y le había encantado. Así que, al final, objetivo cumplido: sorprendí hasta al motero de Guadalajara  😉

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Aprovecho para saludar a Yago (por esta maravillosa fotografía que me sacó y por brindarme la oportunidad de acompañarle en esta experiencia), a Juan (por seguir mis órdenes y confiar en mis decisiones), a Rocío y María (por tenerlo todo a punto), a Fernando y Olga (por su magnífica comida y atención), a Carlos de MOTOVINILO (por sus pegatinas y por dejarme la fotografía de portada de esta entrada), a los chicos del grupo Aforados (por estar siempre ahí, apoyándome y riéndose de mí a partes iguales), y al resto de moteros que conocí en este día tan inolvidable. A todos vosotros (incluido el grupo de los “independientes”, que me ayudaron a que el grupo de motos fuera más reducido y fácil de manejar) va dedicada esta entrada

 

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