Molinos de Duero y alrededores (más un chapuzón programado)

Todavía no me he recuperado de un viaje en moto por Mallorca (que me tendrá entretenido bastantes meses escribiendo una guía) y ya estoy planeando nuevas rutas. En unos días Motonómadas, luego Formigal y puede que después Andorra. Y por si esto no fuera poco, he aprovechado que mi buen amigo José se escapaba unos días por el norte para acompañarle y hacerle el rodaje a los nuevos neumáticos Metzeler Karoo 3. 

Día 1

Salimos por la mañana de Madrid, con los neumáticos recién colocados y llenos de parafina. Cogimos la A-1 y, pasado el puerto de Somosierra, enlazamos con la carretera que lleva a Riaza. Allí desayunamos y seguimos por la carretera que pasa por Ayllón y conduce a Burgo de Osma, donde aprovechamos para visitar el casco antiguo de tan impresionante ciudad.

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Al fondo puede verse la muralla, la impresionante catedral y, más al fondo y a la derecha, el castillo. En primer término se aprecian los inmaculados tacos de los Karoo 3 🙂

La catedral de Burgo de Osma pertenece a la diócesis de Burgo-Osma y comparte sede catedralicia con la Concatedral de San Pedro de Soria. Se trata de un precioso monumento de casi ocho siglos de antigüedad repleto de detalles y ornamentos por fuera y por dentro. Sin duda, merece la pena la parada y la visita.

La ruta nos llevó a Abejar y de allí a Molinos de Duero, nuestro destino final. Las carreteras eran tan solitarias que no pudimos resistirnos a echar algunas fotos…

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Molinos de Duero es una pequeña localidad soriana rodeado de inmensos pinares y muy cerca del embalse de la Cuerda del Pozo. El pueblo tuvo su importancia en el pasado, sobre todo desde el punto de vista de la Mesta y la trashumancia. Ejemplos de ese pasado lo encontramos en su ayuntamiento (de 1789), la Iglesia de San Martín de Tours (única soriana con planta de cruz griega junto con la de Montenegro de Cameros) y la fantástica Real Posada de la Mesta, convertida en hotel rural. No pudimos elegir mejor sitio para hospedarnos, relajarnos y dejar que nuestras cabalgaduras tuvieran un merecido descanso. La recomendación de mi amigo Ginés, como siempre, fue acertada.

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Después de dejar las maletas y el equipaje, decidimos hacer un poco de ruta por los alrededores de Molinos de Duero. El entorno, para todos los que lo conozcan, invita a ello. Para los que no hayan tenido el placer de conducir por carreteras tan sugerentes rodeadas de frondosos pinares, espero que esta pequeña crónica les incite a ello.

Fuimos hasta Ucero por unas carreteras secundarias que resultaron, debido al malísimo estado de las mismas, un paseo para mis nuevos neumáticos y poco más que un suplicio para la Ducatti de José. Desde Ucero seguimos por la So-920 para subir al mirador de la Galiana, desde donde se divisa el cañón del Río Lobos.

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Al mirador llegaron minutos más tarde una pareja de motoristas, propietarios de dos impecables r80, que con justicia parecían los abuelos de mi moto…

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Como ya apretaba el hambre, conducimos hasta San Leornado de Yagüe, donde pudimos degustar un buen solomillo y, como es propio en la zona, un plato de jabalí escabechado con frutas del bosque. Una delicia…

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Ya con el buche lleno continuamos hasta Hontoria del Pinar, donde giramos a la derecha para dirigirnos a Quintanar de la SIerra. Desde allí subimos hasta Neila, y tuvimos tiempo de acercarnos a las famosas Lagunas de Neila, un conjunto de lagunas formadas por circos glaciares. La carretera hasta llegar a ellas es impresionante, curvas y más curvas abrazadas por pinares que parecen volcarse sobre ti.

En Neila tomamos la decisión de modificar la ruta prevista (hasta Ezcaray) y acortarla un poco. Estábamos cansados y el calor apretaba. Así que optamos por bordear el embalse de Mansilla, por una carretera totalmente solitaria y muy atractiva. El embalse es enorme, y los lugareños no han dudado en colocar una plataforma con toboganes para hacer más “amigable” el baño.

Atravesado el embalse volvimos a girar a la derecha para dirigirnos a Viniegra de Abajo y de allí a Montenegro de Cameros y luego Vinuesa, a pocos kilómetros de Molinos de Duero. Esta última carretera se nos hizo lenta, y en efecto lo era. Había tramos tan estrechos y revirados que a duras penas podías superar los 20 kilómetros por hora. Pero la belleza era tal que por momentos nos parecía circular por una pista forestal asfaltada.

En Molinos de Duero acabó la primera jornada. Ducha y paseo. Charla con el dueño de la Posada, Jordi, motero que nos escribió en un papel una ruta off road para subir hasta la Laguna Negra y los picos de Urbión. Da gusto hospedarse en una casa con tanta historia y, por qué no, con un dueño tan salao.

Día 2

Después de un desayuno de campeonato (los cruasanes caseros eran pura gloria y la mantequilla de Soria para quitarse el sombrero) salimos disparados para la carretera N-111, pasando por los pequeños pueblos que nos brindaban las carreteras SO-821 y SO-820. La carretera N-111 une Soria con Logroño, y la capital riojana era nuestro destino para la hora de comer. Se nos antojó volver al Mesón Egües, del que ya dimos buena cuenta en una ruta gastronómica hace dos años.

La carretera N-111 atraviesa el Parque Natural de la Sierra de la Cebollera, lo que justifica que ésta sea la opción obligada para todo motero que quiera llegar hasta Logroño desde Soria. Lo primero que encontramos fue el Puerto de Piqueras. Gracias al túnel que atraviesa la montaña, las curvas del puerto de montaña suelen estar libres de tráfico, lo que las hacen idóneas para disfrutar a fondo de nuestras monturas y de las espectaculares vistas.

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En Villanueva de Cameros decidimos abandonar momentáneamente la N-111 para visitar varios pueblos pintorescos en un entorno increíble. La idea la obtuvimos del libro España en Moto de Pedro Pardo, que de nuevo mostró valer mucho más de lo que cuesta.

En Ortigosa aprovechamos para echar algunas fotografías del impresionante tajo que parte el pueblo en dos.

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Pasado Nieva de Cameros llegamos a incorporarnos de nuevo a la N-111, no sin antes aprovechar el paisaje para fotografiarnos una vez más (resultaba imposible abstraerse de la magia de aquellas carreteras solitarias).

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El tramo final de la N-111, poco antes de llegar a Logroño, atraviesa un paraje de montañas escarpadas más propias del Lejano Oeste que del centro de la península ibérica. Aquí tenemos a José con su Ducatti Monster lista para acabar el primer tramo de la ruta y disfrutar de nuestro merecido yantar…

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¡Y bien que lo hicimos! No me extenderé en los manjares del Mesón Egües, pues ya hablé bastante en la Gastrodisea. Baste decir que todos los paseos por la famosa calle Portales de Logroño (una preciosa calle llena de tiendas y soportales donde se rodó la película Calle Mayor) no consiguieron que “quemáramos” el exquisito chuletón de buey que degustamos…

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Intentamos visitar las bodegas de Marqués de Murrieta, pero estaban cerradas. Así que, con ganas de reposar lo antes posible el atracón de postres, volvimos a Molinos de Duero. En lugar de volver a coger la N-111, fuimos hasta Arnedo, y desde allí hasta Garray por la LR-115 y la SO-615. De esta parte final de la ruta destacaría las hoces del río Cidacos a la altura de Arnedillo y el pueblo de Yanguas, que bien merece una pequeña parada.

Al llegar a Molinos dejamos el equipaje, nos quitamos los trajes de la moto y, conscientes de que nos merecíamos un descanso, nos fuimos en mi moto hasta la cercana Playa de Pita, en pleno embalse de la Cuerda del Pozo.

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Esta carretera tan cuidada nos transportaba a una de las mejores “playas” que hemos visto nunca. Sí, playa, porque eso es la Playa Pita: un oásis en mitad de Soria, un lujo para relajarnos, descansar, reírnos y disfrutar. Agua dulce sin medusas ni aglomeraciones de guiris. Exactamente lo que nuestros entumecidos músculos necesitaban.

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Ya atardeciendo decidí dar una pequeña vuelta para buscar un sitio más reservado y disfrutar de la puesta de sol. Realmente quería probar un poco los Karoo3 fuera de asfalto, pues no había tenido ocasión (la ruta de Jordi la guardo para volver en el futuro).

La pequeña incursión mereció la pena, y las fotos dan buena muestra de lo idílico del paisaje y de la espectacular puesta de sol, broche perfecto para una ruta que surgió improvisada, pero que acabó saliendo a pedir de boca.

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Los neumáticos se comportaron a la perfección, como era de esperar. Para el ritmo que llevo en asfalto, perfectos. Y lo poco que pude probarlos fuera de él, magníficos. Ardo en deseos de que llegue el jueves y pueda dar rienda suelta al aventurero que llevo dentro en compañía de los Motonómadas…

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Prometo relatar la experiencia, porque tiene muy buena pinta.

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¡Hasta la próxima, amigos!

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