Mis motos

BMW F650 GS

Nunca pensé que iba a comprarme una moto, pero por si acaso me saqué el carné a los 26 años. “Quizás algún día me sirva de algo”, pensé. Y vaya si está siendo así…

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No me pareció nunca un modelo especialmente atractivo hasta que la fotografié frente a esta Boulangerie francesa en un pueblo de los Pirineos

Reconozco que nunca me había atraído esta motocicleta. Yo iba a por una Triumph Bonneville, que es bonita hasta aparcada. Tenía la idea de que las motos eran capricho puro (y sigo pensándolo), y de que con ellas lo mejor era pasear un día de primavera, aparcarla cerca de la plaza mayor y tomar algo, o a lo sumo escaparte un fin de semana con la pareja a un pueblecito romántico. Esas cosas.

Entonces llegó mi amigo Nacho, que tenía una BMW F650 GS como la de arriba y que conoce y disfruta del campo como el que más. “Antes de comprártela, prueba la mía”, me dijo. Y así lo hice. Agarré su moto, que me pareció alta, pesada, enorme, pero ágil y cómoda desde la primera curva, y le seguí a una ruta improvisada, lo que con Nacho significa una ruta estudiada y preciosa. Él iba delante con mi coche, y llegado un punto no dudó en meterse por una pequeña pista forestal para que yo probara las sensaciones que transmite la moto por el campo. La cosa funcionó, y además de enamorarme de los pueblos olvidados de Guadalajara, volví al concesionario y le dije al comercial: “Quiero una como ésta”.

Las motos no sólo son capricho puro, sino que suelen responder a instintos primitivos como éste…

Allí estaba una BMW F650 GS monocilíndrica negra, de stock, con una rebaja de precio porque la nueva estaba a punto de salir, y con extras como el ABS, el asiento bajo o los puños calefactables. Sin pensármelo mucho compré la que considero una buena moto para acceder a este mundo de las trails, por precio, peso y facilidad de manejo.

Con ella hice mis primeras rutas por campo, mi primer curso de conducción offroad, mis primeras entradas de rutas en un blog y la primera gran ruta a los Pirineos.

BMW R1200 GS Bravía

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Así es Bravía: grande, fuerte, cargada de peso y a punto de caerse, pero manteniendo el tipo.

La llamo Bravía porque tiene huevos. Más que yo. Cuando uno se da cuenta de lo que puede hacer esta moto dentro y fuera del asfalto no le queda otra que admitir que todavía tienes mucho recorrido con ella, que no tiene límites: los límites los pones tú con tu inexperiencia. Muchas veces piensas que no puedes llegar hasta ahí, que está todo demasiado empinado, o embarrado, o con gravilla, que puedes caerte… y ella acaba llegando, arriba o abajo, más sucia que limpia. Y si cae se vuelve a levantar.

Volví de un curso de conducción offroad de BMW en Segurilla de Toledo totalmente sorprendido de lo que estas “vacas” son capaces de hacer con un piloto experimentado. Entonces me picó el gusanillo. El viaje a largas distancias por asfalto no es el fuerte de la 650: mucho viento y vibraciones de la moto hacen del viaje algo no imposible, pero sí incómodo. Pensé que con una moto más grande, una 800 o así, podría viajar mejor y más lejos, a la vez que conservaba cierta agilidad para introducirme en el campo de vez en cuando.

Entonces llegó Ginés, al que conocí en el curso y con el que desde entonces me une una gran y especial amistad. A él le pasó como a mí con su 650, sólo que materializó su voluntad más rápidamente. Al poco de volver del curso me mandó una fotografía de su nueva 1200 Triple Black. Y yo, que no necesito mucho acicate, acudí raudo y veloz al concesionario más cercano.

Iba a por una 800, lo recuerdo bien. No tenía ni la pasta ni la altura para sentirme cómodo con la 1200, a pesar de que era la única moto con la que siempre había soñado (sí, yo también me tragué el Long Way Round de Ewan McGregor). En el concesionario tuvieron la suerte de no tener disponible ninguna 800, y entonces me ofrecieron dar una vuelta con una 1200. “Si te compras la 800, en unos meses te haces con ella y estará pidiendo la grande”, me aseguró el comercial. Para la desgracia de mi bolsillo, Bravía (que en ese momento se llamaba “vaya pedazo de moto tienen allí en exposición”) estaba a muy buen precio, me hicieron una buena rebaja, faltaba un mes para la subida del IVA y venía con el asiento bajo…

Me subí en la moto y conduje en solitario hasta el mismo pueblo donde un año y 19.000 kilómetros antes había viajado con la “Gesita” de Nacho. Antes de la tercera rotonda ya la había hecho mía, pues es una moto increíblemente fácil de conducir. A la vuelta al concesionario ya había resuelto los problemas financieros y cambié una joya por otra.

Sé que tarde o temprano cambiaré a Bravía por otra moto (¿la nueva 1200GS Adventure LC?) y lo haré sin haber exprimido sus límites, estoy seguro. Pero en esto consiste también este mundo de los caprichos, instintos y obsesiones que hacen de las motos un buen ejemplo de la frase: “La única diferencia entre los pequeños y los mayores está en el precio de sus juguetes”.

¡Y mientras tanto me queda mucha España que motear!