Mallorca en moto I


Ver mapa más grande

1. Los preparativos

Nunca antes había realizado un viaje tan largo en moto, y menos acompañado. Cuando en Octubre de 2011 me fui de ruta por los Pirineos llevé la GS650 con las maletas llenas, aunque sobró espacio para algunas herramientas que mi amigo Gulusmero tuvo a bien añadir al equipaje.

La “Gesita” posando en suelo francés cargada hasta las trancas

Para la excursión mallorquina me planteaba un viaje más largo y no quería escatimar en tecnología: GPS, teléfonos móviles, cámara de fotografía réflex y otra compacta, más los cargadores individuales de cada dispositivo. A esto había que añadir el kit de baño (chanclas, toallas, bañadores, gafas…) y el no menos importante condicionante de viajar acompañado por mi pareja. Reconozco que al principio me agobié un poco, dedicando varios días a formar una suerte de Tetris en la cabeza, colocando bultos sobre las maletas y atando todo con más pulpos que en una feria gallega. El problema de leer muchas revistas de motos y seguir las andanzas de aventureros como Miquel Silvestre o Alicia Sornosa es que la mayoría de nosotros acabamos emulando una imagen concreta (esas estampas saharianas en las que una moto pertrechada hasta arriba de bultos surca las dunas a golpe de gas), y no nos importa vestirnos de tal guisa aunque sea para ir al supermercado a comprar pan.

Cuando llegó el momento de la verdad y Rocío me vio echando mano de sacos, bolsas y cuerdas, me paró en seco y, con el tacto femenino que le caracteriza, me sugirió la idea de meter todo el equipaje en las dos maletas y el top case. “Así viajaremos más cómodos y no tendremos que andar atando y desatando a cada momento”, concluyó.

Muchos de nosotros conocemos las maletas originales de BMW que llevan las R1200GS y sabemos que no son precisamente un ejemplo de gran capacidad. Pueden colocarse en dos posiciones: pequeñas o muy pequeñas. Por eso, y a pesar de llevar un top case GIVI TREKKER de 52 litros, tuve la curiosidad de ver cómo sería capaz de meter toda su ropa, la mía, y el resto de equipaje común en tan poco espacio.

En menos de media hora, a fuerza de doblar y doblar, colocar bien y aprovechar el espacio, lo que parecía en origen una montaña de ropa y cables quedó perfectamente ordenado y colocado: una maleta con su ropa (el top case, obviamente, ya sabéis eso de “el que parte y reparte se lleva la mejor parte”), la maleta mediana para mí y la otra con el kit de baño y buena parte de los dispositivos electrónicos. Ver para creer. No me quedó otra que tragarme mi orgullo masculino y pedir perdón por la cantidad de veces que acompañé sus habilidosos movimientos de empaquetado con mi insistente e infantil “¿estás seguro que va a caber todo?”.

El resultado salta a la vista.

2

¡Ya estamos preparados para rodar!

Mi consejo para futuros viajes, ya sean en solitario o acompañados, es el siguiente: siempre sobra ropa. Siempre. Así que sed muy cuidadosos a la hora de elegir lo realmente imprescindible, doblad muy bien todo y veréis como resta espacio para cámaras, móviles y lo que os pueda hacer falta. La ropa interior se lava perfectamente en los cuartos de baño de los hoteles y se seca pronto, y lo mismo puede decirse de camisetas y otras prendas. Si no me creéis, preguntadle a cualquier peregrino de Santiago…

2. La temida y aburrida A3

Hay muchos momentos del día en que la capital de España parece un avispero. La llamada “hora punta”, que en la mayoría de las ciudades coinciden con la entrada y salida del trabajo, se convierte en una insoportable constante en Madrid. El fenómeno se acentúa aún más los fines de semana, por no hablar de los puentes y fiestas nacionales. Pero si algún loco (servidor) pretende viajar el 1 de agosto se dará cuenta muy pronto de que las carreteras de la A1 a la A6 llevan una “A” de atasco, y no de autovía.

Exigencias de organización laboral nos obligaron a viajar a Mallorca del 1 al 10 de Agosto, lo que puede considerarse como una de las peores fechas para hacer cualquier cosa distinta de bañarse en una piscina. Así que cuando cogimos la carretera sabiendo que viajaríamos dirección Valencia nos temimos lo peor. Por suerte para nosotros mucha gente había salido la tarde del miércoles 31 de julio, por lo que el avispero estaba más o menos controlado. No obstante, y en previsión, salimos muy temprano para evitar atascos, aliviar el calor del agosto español y, por encima de todo, debido a la imperiosa necesidad de estar al mediodía en Denia: de su puerto zarpaba el ferry que no podíamos permitirnos el lujo de perder.

Una vez superados los primeros cuarenta kilómetros de atasco, casi a la altura de Tarancón, el tráfico comenzó a fluir, permitiéndonos circular a una velocidad de crucero cómoda, con lo que en principio llegaríamos a tiempo a Denia. Pero hete aquí que se me ocurrió cambiar la ruta y alejarnos de la autovía, con el objetivo de llegar a Denia atravesando carreteras secundarias mucho más atractivas que la insoportable A3. Menuda idea.

Muchos de los pueblos por los que se me ocurrió pasar ya los conocía de rutas anteriores, y esperaba que mi acompañante disfrutara de unos paisajes muy pintorescos. En lugar de viajar hasta Valencia y de allí a Denia, nos desviamos por Albacete hasta Almansa. Tomamos la carretera CV-665 y luego la CV-700 hasta Muro de Alcoy. La carretera CV-700 enlaza diversos pueblos cuyos nombres conservan el recuerdo árabe tan arraigado en el levante peninsular.


Ver mapa más grande

Bien es sabido que la presencia musulmana ha sido larga y profunda en el territorio peninsular, aunque muy variada en intensidad según la zona geográfica a la que nos refiramos. Mientras que en el norte el impacto fue menor, la zona de la actual Andalucía (y en concreto la provincia de Granada) resistieron durante algunos siglos más el intento de reconquista por parte de los reyes cristianos. Ello explica que muchos aspectos culturales del mundo árabe parezcan haber perdurado (casi diría arraigado) con mayor fuerza en el sur peninsular, dando lugar a ciertas particularidades cuyo influjo puede apreciarse en la gastronomía, la música (el flamenco), el léxico del dialecto castellano “andaluz” e incluso el propio fenotipo de un sector de aquella población.

Esta circunstancia es bastante notoria y conocida, pero quizás resulta más interesante recordar que la conversión forzosa que el Cardenal Cisneros impuso a los musulmanes a principios del siglo XVI no conllevó la desaparición de este colectivo tan numeroso. Los mudéjares, que pasaron a partir de entonces a denominarse “moriscos”, acabaron convertidos en un grupo social aislado, al que poco más de un siglo después se les expulsaba de España a través del Decreto de Expulsión de Felipe III en 1609.

Esta población morisca no era muy numerosa en el reino de Castilla, pero en Aragón sí, y mucho más en Valencia, donde constituían cerca del 33% de los ciudadanos (principalmente en el mundo rural y en los suburbios de las grandes ciudades). De hecho, tras la expulsión, que apenas supuso un impacto económico relevante en Castilla, fue necesario repoblar muchas zona de Alicante que quedaron prácticamente desoladas.

Esta presencia tan importante de moriscos en el levante peninsular explica, entre otras cosas, la fuerte influencia árabe que puede apreciarse en el nombre de algunos pueblos (Benialí, Benitaia, Benirrama, Benisivá…) y en la gastronomía de la zona (seguramente el más famoso ejemplo, por encima de la horchata, sea la repostería, y dentro de ella el turrón y los “alfajores”, este último de claro origen andalusí).

Los viñedos rodeaban la carretera brindándonos un paisaje fascinante.

3

Daban ganas de pararse a comer unas uvas a la sombra…

4

A veces la monotonía del paisaje puede resultar gratificante para los sentidos

Por desgracia, el calor del verano y la abundante vegetación conllevan la aparición de insectos, lo que suele ser una molestia menor cuando chocan contra la cúpula y se van con un buen lavado. Distinto es cuando se te mete en el traje no un insecto, sino una avispa, y te suelta tres picotazos a cada cual más doloroso. Entonces la cosa cambia: te vuelves urbanita en medio segundo, despotricas de la madre naturaleza y te acuerdas de la madre que parió a un piloto tan tonto como para ignorar la autovía a favor de carreteras secundarias atestadas de parras y vides, llevando la visera del casco abierta y el traje un poco desabrochado para mitigar el calor del mediodía.

Hasta que no te ha pasado al menos una vez, el hecho de que una avispa se te meta en el casco o dentro del traje no deja de ser una mera anécdota, un chascarrillo que se cuenta en las concentraciones moteras. Todo el mundo conoce a alguien a quien le ha pasado o que cuenta que le pasó a un amigo suyo, qué más da. La cosa es que sólo se aprende de verdad a través de la experiencia propia. “Nadie escarmienta en cabeza ajena” reza el refrán, y con las motos es realmente cierto, pues hasta que no nos derrapa una rueda por la gravilla y te ves “casi en el suelo” no eres consciente de la velocidad que llevas, de lo endeble que es tu cuerpo o de lo inestable que es un vehículo de estas características.

A mí me tocó aprender a las bravas, sin curso previo ni periodo de prueba. Ocurrió como suelen ocurrir estas cosas: buen tiempo (primavera o verano), circulando a baja velocidad (si vamos por autovía la avispa es más que probable que muera al chocar contra nosotros, y por suerte las avispas vuelan de cabeza, no de culo) y rodeado de huertos, vides y jardines. Si a todo lo anterior le sumamos el hecho de llevar la visera del casco abierta (o, como fue mi caso, la mitad del casco modular levantado) y el cuello del traje desabrochado, habremos abierto las puertas a la catástrofe, con todas las papeletas compradas a la espera de que nos toque el premio gordo.

La avispa chocó contra mi cuello y se escurrió hacia abajo atontada, colocándose por debajo de la camiseta. Lo primero que piensas es que se trata de un insecto. No quieres ni imaginar que pudiera ser una avispa. En estos primeros momentos la psicología es fundamental para mantener la calma: conduces a unos 60 kilómetros por hora, con tu pareja sentada detrás y no tienes planeado soltar el manillar para realizar aspavientos descontrolados que te lleven a ti, a ella, a la avispa y a la moto, directos a la cuneta más cercana. Así que piensas que es un bicho y nada más. Hasta que sientes el primer picotazo en el pecho, y apenas unos segundos después, mientras la avispa zumba y revolotea escurriéndose más y más, llega el segundo picotazo en la barriga. A esas alturas ya sabía que no se trataba de un bicho “y nada más”, así que reduzco poco a poco la velocidad hasta detener la moto y echarme a un lado, por si venía algún coche. Mantengo la calma y le digo a Rocío (que no para de preguntarme asustada si todo va bien) que se baje de la moto. Resulta difícil concentrarte cuando estás en una situación así, y más aún si la avispa remata la faena con un tercer picotazo por debajo del ombligo. Tuve suerte de no ser alérgico, porque de lo contrario la anécdota igual hubiera sido un poco más dramática.

No quedó más remedio que aplicar una solución drástica (y rápida, porque la avispa seguía escurriéndose y a ese paso acabaría picándome en los coj…). Abrí la palma de la mano derecha y me di un golpe seco en el abdomen. La avispa murió aplastada al instante. El riesgo de sufrir otra picadura debido a mi palmetazo lo asumí con agrado: a partir del tercer picotazo uno se vuelve insensible y no le importa sufrir unos cuantos más.

Los últimos kilómetros hasta Denia fueron muy agotadores. Estábamos sudando por el calor, y yo seguía con el susto metido en el cuerpo, el corazón latiendo como si estuviera en mitad de una clase de spinning y fuertes dolores en el pecho y la barriga. El veneno se estaba cebando conmigo a la par que vengaba la muerte de la avispa.

Para colmo íbamos tarde. El cálculo del tiempo de viaje por carreteras secundarias no fue mi preciso por mi parte. Mea culpa. A punto estuvimos de perder el ferry.

¿Me permitís un consejo? Aquí va: los moteros solemos obviar aquello de que la línea recta es el camino más corto entre dos puntos. Sabemos que además de corta, la línea recta es aburrida. Por eso preferimos las curvas, los puertos de montaña y los trazados sinuosos, cuando no totalmente enrevesados. Si planeamos un viaje corto, de un día o un fin de semana, podemos permitirnos que la ida al destino o la vuelta a casa (normalmente ambas) sean tan largas y lentas como queramos. Al final, el viaje en moto también es el destino.

Pero si planteamos un viaje más largo (más de seis días), no debemos subestimar el efecto acumulativo del cansancio sobre nuestro cuerpo. Por eso recomiendo que en caso de viajes largos, la primera jornada sea rápida y directa, para que lleguemos a nuestro destino lo más pronto y frescos posible. Debemos confiar en que la región que pretendemos cubrir (Mallorca, los Alpes o lo que sea) sea tan atractiva como para sacrificar lo apetecible de un viaje tranquilo y pausado, obligándonos a optar por las insulsas autovías.

De haber escuchado estas palabras antes de mi viaje, quizás hubiera agarrado la A3 hasta el final, plantándome en Denia con tiempo suficiente como para, sin estrés ni avispas, disfrutar de una buena paella en el puerto deportivo, en lugar de haber llegado derrapando para no perder el barco.

3. Un poco de navegación

El puerto de Denia resulta un poco caótico para quien se aproxima a él por primera vez así que conviene hacerlo con tiempo, creedme. Los carteles que indican la oficina de BALEARIA, la empresa encargada de llevarnos sanos y salvos a Mallorca, no son muy claros y acabamos a las puertas de una oficina que estaba cerrada. Suerte que pasó alguien que nos indicó dónde teníamos que ir. Una vez acabada la facturación nos dijeron que el ferry salía con un poco de retraso, información que aprovechamos para salir pitando a por la paella con la que llevaba soñando desde que salimos de Madrid.

El arroz constituye uno de los cereales más extendidos y consumidos del mundo. Se considera que es el segundo por detrás del maíz, aunque al tener éste otros usos distintos del consumo humano (usos industriales, carburantes, alimento animal…) no sería erróneo catalogar al arroz como el cereal más consumido. De hecho, una quinta parte de las calorías consumidas en todo el mundo proviene del arroz.

Existen muchas familias de este cereal así como no pocas formas de preparación. Hay arroces de grano largo y aromáticos, como el basmati, y otros de grano corto, como los que se usan en Japón para preparar sushi o los arroces arborio o carnaroli, tan demandados por los italianos para confeccionar el verdadero risotto (se tratan de variedades que sueltan mucho almidón, lo que facilita la textura cremosa de estos platos).

En España el arroz se disfruta en diversas formas, seco, caldoso, cremoso, con carne, verduras, en ensaladas… pero el verdadero protagonista es, sin duda, la paella. Existen muchos tipos de paella, pero la más famosa es la valenciana. Aunque “cada maestrillo tiene su librillo” (y en el caso de los cocineros esto es más cierto que nunca), existe un consenso generalizado a la hora de preparar una paella valenciana: es preferible cocinarla al aire libre, con leño de naranjo, pollo y/o conejo y productos típicos de la huerta de Valencia como el garrofó (un tipo de judía blanca) y la ferraura (una tipo de judía verde plana), además de la imprescindible hebra de azafrán que tantas veces es sustituida por el insulso colorante alimentario. El saber popular sostiene que el agua valenciana constituye uno de los secretos de la paella valenciana, como ocurre con la horchata (otro producto típico del levante), pues sus propiedades minerales específicas influyen en la cocción y el sabor del arroz. Aunque no existen estudios científicos consistentes que permitan sostener la anterior afirmación, pues apenas hay diferencias apreciables entre el uso de agua mineral (blanda) y agua del grifo (dura), reconozco que las mejores paellas las he comido en Barcelona, Valencia y Alicante. Salvando, claro está, la espectaculares paellas y fideuás de mi padre…

Una vez satisfechas nuestras necesidades nutricionales, tocó embarcar. Si viajas acompañado debes saber que el conductor del vehículo embarca por un lado y el acompañante por otro. La cuestión no tiene mayor importancia, salvo la lógica planificación previa del reparto de equipaje, billetes, etc. A veces ocurre que se dejan cosas en las maletas de la moto y luego quiere echarse mano de las mismas. Pues debes saber que en este caso no está permitido el acceso a la zona de carga y descarga de vehículos una vez que has aparcado y subido a la zona común, por lo que cualquier cosa que queramos utilizar durante el trayecto (cargadores, móviles, revistas…) deberemos cogerla antes.

Las motos suelen embarcar en primer lugar. Los propios operarios te indicarán con antelación la zona y hora a la que deberemos estar para realizar la operación. Muy sencilla, en todo caso. Se accede por una rampa, ancha y fácil, no temáis. Hay que llevar el billete a mano, porque lo piden. El acompañante sigue un trámite similar al de los aeropuertos, así que nada que añadir a lo que todos sabemos.

Una vez que llegas a la zona indicada, aparcas la moto con la pata lateral y un operario utiliza unas cinchas para amarrarla al suelo. Algunos prefieren colocar un trapo o algo similar en el asiento, para evitar que la cincha lo marque por la presión. Incluso hay quien lleva sus propias cinchas o se encarga personalmente de atar la moto. Yo opté por dejarles hacer a ellos, que son los especialistas, y si la moto se cae acarrearían con la responsabilidad por los daños causados.

Al final todo queda más o menos así:

5

Parece que puede caerse, pero si se ata bien no se moverá

6

El ferry viaja lleno de vehículos turísticos y comerciales

7

Esto sí que es historia sobre ruedas

El viaje en ferry es cómodo, a pesar de que se hace largo. Pero vamos, como siempre: no hay hotel, por malo que sea, cuya cama sea más dura que el asiento de la moto después de 600 kilómetros. Y con el ferry se puede decir lo mismo. El asiento que nos tocó era ancho, blando, reclinable y, bueno, todo lo mejor que puede esperarse de algo que no es una cama.

Al principio aprovechas las vistas del puerto para entretenerte, y luego acabas echando alguna foto en alta mar para estirar las piernas. 

9

¿Por qué no viajaré en barco más a menudo?

Lo mejor del trayecto es el descanso, el aire acondicionado, las películas que te ponen y, si tienes la oportunidad, el masaje en silla que ofrecen (previo pago, claro). Llegas de esta forma un poco más animado a Mallorca, con ganas de que empiece el viaje de verdad.

Como el ferry llegó de noche y entre bajar a la zona de carga y salir con la moto se nos iba un rato (no salimos antes de las 23:00), decidimos dormir en una pensión barata en Mallorca y así amanecer más frescos para el verdadero primer día de ruta. De la pensión diré que se ubicaba muy cerca del puerto y del Castillo del Bellver (que pretendíamos visitar al día siguiente), pero me reservo el nombre, pues no tengo demasiadas ganas de hablar mal de nadie.

Ya me entendéis.

Share

2 Comments

  1. Pingback: Anónimo

  2. Me ha gustado mucho tu explicación. Soy un apasionada de las motos y he vivido muchas de las experiencias que tú cuentas por lo que me he sentido muy identificada jejeje. ¡Felicidades!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *