Haciendo el cabra por la “sierra nevada” de Madrid

Esta entrada es un tanto extraña, lo reconozco. Más que centrarse en exponer una ruta interesante plagada de referencias históricas, pone su foco en las sensaciones que muchos moteros experimentamos cuando pilotamos. La mayoría de los lectores habréis sentido lo mismo en infinidad de ocasiones (lo que explica por qué seguimos usando una moto aunque llueva), pero no está de más volcar en palabras de vez en cuando lo que todos sabemos, siquiera sea para pararnos un momento, tomar conciencia y meditar sobre la suerte que tenemos cada vez que arrancamos una moto y escuchamos el rugido del motor.

Ayer fue uno de esos días en los que el trabajo y otros temas personales se alían en un cóctel explosivo directo a tus tripas, tan difícil de digerir como de vomitar, por lo que queda pinzado en tu interior a punto de asfixiarte. Espero haber sido gráfico.

Entonces llegan las 15:00 y piensas que esa tarde va a trabajar Rita “La Cantaora”, que el trabajo da de comer pero no alimenta el espíritu, y en un impulso primitivo decides coger la moto y subir a la sierra a hacer el cabra. Sí, “el cabra”, dando saltos por la nieve y pegando cornadas a los pinos…

Por suerte uno tiene la mínima prudencia de no hacer estas cosas solo, porque dos consuelan más que uno y además la nieve no está como para quedarte tirado con una moto que pesa tres veces lo que tú, así que decidí llamar a un amigo y espetarle un “te vienes a la sierra”. “¿Cuándo?”, me responde. En ese momento ya supe que se vendría. “En media hora”, concluyo. Y en poco más de ese tiempo estábamos pertrechados con guantes, forros y demás zarandajas invernales dispuestos a hacer el cabra sin más objetivo que sentir y no pensar.

Eso es un amigo.

La ruta no tuvo mayor atractivo y es conocida por todos los moteros de la zona: Carretera de Colmenar Viejo, Navacerrada, Rascafría, La Morcuera y Miraflores de la Sierra. Por si acaso, aquí os la dejo, advirtiéndoos de que las copiosas nevadas que han caído en las últimas semanas añaden ese “extra” que convierte una ruta ordinaria en extraordinaria.

Cuando Gurru pasó por mi casa yo ya estaba montado y con todo encendido menos el GPS: no estaba la cosa como para mucha planificación. Lo primero que hizo fue darme las gracias por la propuesta tan peregrina que le acababa de hacer (no hacía ni una hora que lo había llamado), porque le venía como anillo al dedo. Al parecer él también llevaba un día de aúpa y necesitaba desconectar. Así que agradecidos ambos por la propuesta y la aceptación, salimos disparados dejando atrás esos conflictos que a veces son peores que un mes con treinta lunes…

Lo primero que hicimos fue acercarnos a Navacerrada, para comprobar en persona el que ha sido fenómeno mediático de las últimas semanas: me refiero a la escultura natural de hielo que el temporal de viento y frío que ha azotado España ha formado sobre la pobre e indefensa presa del pantano. Seguro que os suenan las imágenes, porque han salido en programas del tiempo, telediarios y todo tipo de redes sociales. Es probable que si tienes whatsapp tengas una foto de la presa congelada junto a varias de Julio Iglesias.

Y lo sabes.

nieve9

La famosa imagen de la presa de Navacerrada sobrecoge mucho más cuando estás a unos pasos de ella

La presencia de varios “marteros” (vamos, domingueros de martes) impidió sacar fotos aceptables, pero al poco llegó la guardia civil y disolvió la concurrencia al grito de “largo todo el mundo: aquí no hay nada que ver”. ¿Que no había nada que ver? ¡Claro que sí! Y por eso nos hicimos los remolones, como si la cosa sólo fuera con los vehículos de cuatro ruedas (los coches, sí, siempre es culpa de ellos). Antes de marcharnos tuvimos ocasión de sacar alguna fotografía en condiciones.

nieve8

Naturaleza salvaje en estado puro

nieve4

La brisa se pega en la verja, se congela, y acaba formando un muro de hielo que termina derribando todo

nieve3

Prohibido, prohibido, prohibido… ¿cómo puede prohibirse admirar este espectáculo?

Desde Navacerrada, cuyo pavimento estaba levantado como si hubiera sido bombardeada, subimos al puerto y enfilamos la carretera que nos llevaría hasta el Paular, a través de unas curvas cuyos lindes lo formaban montículos de más de un metro de nieve. Los rayos del atardecer atravesaron los pocos resquicios que encontraron entre las nubes para iluminar las faldas de la sierra y hacer que todo el entorno brillara como si acabaran de encender mil bombillas. Bonito momento para sacar una fotografía, pensamos, pero como no estábamos para pensar, seguimos rodando y rodando, hasta que me acordé que habíamos venido a hacer el cabra, y eso hicimos…

nieve1

Llegar al mirador de los Robledos no iba a ser cosa fácil…

nieve5

Neumáticos de asfalto… ¿quién dijo miedo?

Después de un buen rato dando más derrapes que un borracho en una tienda de patines, dimos media vuelta y seguimos ruta hasta Rascafría, para encumbrar posteriormente el puerto de la Morcuera. Justo antes de llegar, en la meseta que hay tras el refugio, el manto de nieve que cubría todo el paraje nos transportó por momentos fuera de España, a regiones más frías. “Parece Siberia”, dijo Gurru. Y entonces recordé que algunas escenas de la película “Doctor Zhivago”, ambientada en las estepas rusas, se había rodado en Soria. “Si es que cuando los españoles nos ponemos…”, me dije.

En aquel entorno tan mágico decidimos parar las motos y disfrutar del silencio. “Aquí sí que merece la pena sacar una foto”, pensé. Y es que tras haber hecho el cabra, ya podíamos volver a pensar de nuevo.

nieve12

El estado de la carretera era perfecto, pero acabada ésta empezaba la estepa nevada…

nieve10

“Anda, Gurru, que te he puesto la marca de agua en la maleta y no te cobro derechos de imagen”

nieve11

“Esta fotografía te la mereces, campeón…”

Justo cuando el sol se rendía entre los picos nevados, bajamos a toda mecha en dirección a Miraflores de la Sierra, y tuvimos la enorme suerte de encontrarnos un buen grupo de rebecos (o eso creo) en mitad de la carretera. Casi ni se inmutaron con nuestra presencia. Sólo fue al aproximarnos a pocos metros cuando de un salto se encaramaron encima de los montículos nevados que nos rodeaban y se quedaron mirándonos, embobados, como preguntándose si era posible que fuéramos de la misma especie…

nieve13

Muchos madrileños que han pasado por esta zona toda la vida no han tenido esta suerte

nieve6

¿Quién está más sorprendido, nosotros o ellas?

nieve7

Poca broma con el macho de la manada, que te pega una cornada y te cuesta un ojo de la cara la reparación…

Nos despedimos de nuestras compañeras saboreando uno de esos momentos especiales, mágicos e irrepetibles, en los que el hombre parece animal y el animal hombre: al fin y al cabo, nosotros éramos las cabras y ellas los excursionistas sorprendidos al vernos.

De vuelta a Madrid, ya en el bar del barrio, valoramos lo intenso de las apenas cuatro horas que habíamos disfrutado, y coincidimos en que de vez en cuando viene bien una pequeña escapada de esas para enterrar en las nieve los malos humos que, por suerte pocas veces, esta vida maravillosa trae consigo.

Gracias, Gurru.

Acabo con un pequeño video para el que quiera reírse un rato y relajarse.

Share

One Comment

  1. Pingback: Haciendo el cabra por la Sierra de Madrid

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *