Extremadura y la tierra de los conquistadores

Siguiendo los pasos de los “Conquistadores” españoles nos adentramos por Extremadura, trazando un recorrido por algunas zonas conocidas y otras que no lo son tanto, pero con el único objetivo de disfrutar de esta libertad tan particular que permiten los viajes en moto.

Salgo el viernes a la hora de comer, pidiendo en el trabajo que me preparen un bocadillo para no entretenerme más de lo necesario. A las 15:00 estoy saliendo de la urbe y tomando la A5, con el objetivo de llegar a Plasencia antes del anochecer (el otoño es una estación magnífica para viajar en moto, pero los días son por desgracia mucho más cortos). A la hora prevista llego al hotel, una mezcla entre el Motel de Norman Bates y el hotel de “El Resplandor”. Pero es barato, lo que me permite reducir el coste del viaje (con una cama y una ducha me sobra) y así poder afrontar mejor los ágapes que a buen seguro nos vamos a meter. Menos de una hora más tarde llega José, buscando un radiador donde calentar su ropa, pues le ha llovido durante casi todo el trayecto. Quién lo diría, viniendo de Córdoba…

La noche la pasamos deambulando por el casco antiguo, disfrutando de los monumentos que esconde esta bella localidad: su acueducto, muralla y catedral no tienen nada que envidiar a lo que podamos encontrar en una capital de provincia cualquiera. Acabamos en la Plaza Mayor, en la Pitarra del Gordo, dando buena cuenta de las tapas de la zona, así como de una estupenda cerveza regional bastante sabrosa.

Con el estómago lleno retornamos al hotel y descansamos para aprovechar el sábado a tope. Por si acaso nos pesaba mucho la barriga, los ciudadanos de Plasencia habían tenido a bien instalarnos escaleras mecánicas… ¡en mitad de la calle!

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Jornada 1ª

La idea es salir de temprano de Plasencia, porque la ruta es larga y el día corto, pero sobre todo porque nunca puedes calcular los imprevistos que acaban retrasando todo y frustrando lo que inicialmente era una ruta perfecta y completa. Y suerte que a las 8:30 estamos en la calle, porque el primero de los imprevistos no se hace esperar: a José no le arranca la moto…

Ayer llegó en reserva y suponemos que se trata de un problema derivado de la poca gasolina del depósito. Gracias a mi buena voluntad y a la inestimable ayuda de las maletas de mi moto, me transformo en un “safety bike” y vuelo a la gasolinera más cercana. En pocos minutos estamos listos para la transfusión…

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Con los motores rugiendo de nuevo salimos en dirección al Valle del Jerte, tomando la carretera EX-203 hasta Jaraíz de la Vera. Desde allí tomamos desvío circular por la EX-392 y luego la CCV 904 hasta Jarandilla de la Vera.

Para los que no conozcan la zona, esta zona conocida como “La Vera” transcurre flanqueada por el río Tiétar y la falda de la Sierra de Gredos, y es famosa por su pimentón, las cerezas (no deja de ser una zona limítrofe con el Valle del Jerte) y el tabaco. Yo conozco la zona por la familia de mi cuñada, pero no por eso dejó de impresionarme la cantidad de secaderos de tabaco que inundan el paisaje. Se trata de edificaciones de ladrillo donde se colocan las hojas de tabaco, una práctica que en España se remonta a principio del siglo XIX.

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Jarandilla es una pequeña población famosa por albergar un Parador Nacional digno de visitarse. El pueblo, salvo por el célebre dato de que mi hermano se casara allí, no merece mucho la pena (que me perdonen los oriundos), pues con el tiempo no ha sabido mantener el estilo tradicional y arquitectónico que tan llamativos hacen a poblaciones cercanas como Valverde de la Vera o Villanueva de la Vera. Pero en el Parador Nacional, otrora castillo de los Condes de Oropesa, se albergó el Emperador Carlos V mientras le acondicionaban el cercano Monasterio de Yuste, en el que halló retiro físico y espiritual el monarca hasta el último de sus días, así que allí nos dirigimos para desayunar: qué mejor sitio para iniciar la ruta de los Conquistadores…

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El escudo imperial de Carlos V nos recibe a la entrada. Pero el águila bicéfala que porta el Toisón de Oro es heraldo de malas noticias: la cafetería se abre a las 11:30 para los que no estén alojados, por lo que muy a nuestro pesar decidimos echar algunas fotos y seguir con la ruta planeada.

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Desde Jarandilla pretendemos acercarnos al Monasterio de Yuste, pero antes tomamos un desvío por una carretera que sale desde el Parador Nacional en dirección al Guijo de Santa Bárbara. Este pequeño pueblo enclavado en plena sierra es muy coqueto, y la carretera que sube hasta él es impresionante. Lástima que se haga tan corta, pues se trata de un trazado sinuoso rodeado de árboles que se cierran sobre la carretera. Todo un disfrute para los moteros.

Nada más entrar en el Guijo, vemos un bar que se llama el Monje. Parece cerrado, pero lo que ocurre es que la dueña ha salido a comprar algo: típico en pueblos tan pequeños donde todos se conocen. Muy amablemente nos prepara un café y yo le ofrezco unas galletas de mantequilla caseras que hice el martes. Como le gustan mucho, se acerca a una panadería y nos compra unas perrunillas, muy típicas de la zona, como también es la miel. A todo esto, cada vez que entra y sale nos deja solos en el bar, lo que agradezco enormemente, pues demuestra una confianza con el cliente que rara vez se despacha en las grandes ciudades.

Desde el Guijo salimos dirección Aldeanueva de la Vera y desde allí seguimos hacia el Monasterio de Yuste. Aprovechamos una curva que hace las veces de mirador para tirar algunas fotos, pues la vista del Guijo permite hacerse una idea del impresionante enclave de este pueblo.

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Del mismo modo que Felipe II encontró retiro en El Escorial, su padre Carlos V lo hizo antes en el Monasterio de Yuste. Si algún bebedor con algo de curiosidad recuerda que hay una marca de cerveza llamada “Legado de Yuste”, que sepa que su origen se encuentra en los maestros cerveceros que el Emperador trajo consigo desde Flandes, y que de esta bebida sabían (y saben) bastante. No en vano es a partir de Carlos V que en España aumenta el consumo de cerveza y su fama crece como la espuma (si es que cuando me pongo metafórico…).

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Desde el Monasterio de Yuste sale una carretera preciosa, rodeada de árboles cuyas hojas otoñales inundan el paisaje de un tono marrón uniforme que nos acompaña hasta la localidad de Garganta de la Olla. Este pueblo también es digno de visitarse, y otro ejemplo de que si algunos pueblos no han sabido conservar el encanto, otros sí han hecho los deberes correctamente. Atravesamos Garganta de la Olla en dirección a Piornal, por una carretera que culmina en el famoso Puerto de Piornal, desde el que se divisan perfectamente las primeras cumbres nevadas de Gredos. No podemos hacer otra cosa que apagar los motores, disfrutar del silencio, respirar aire puro y, cómo no, echar algunas fotos.

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La bajada del Puerto es bonita, casi más que la subida. Curvas y curvas cubiertas con un manto de hojas nos llevan hasta Valdastillas y desde allí tomamos la N-110 en dirección al Barco de Ávila.

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A la altura de Cabezuela del Valle tomamos el desvío llega hasta Hervás, atravesando el Puerto de Honduras. Estamos ante uno de los puertos de montaña más impresionantes de España. Ignoro cómo será en primavera, pero en otoño es simplemente espectacular.

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La bajada del Puerto de Honduras es increíble, como digo, pero poco antes de llegar a Hervás nos encontramos con una carretera estrecha y la sensación de estar siendo abrazados por todo un bosque otoñal. Sin palabras…

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Hervás es un pueblo más grande que los anteriores, y con diferencia mucho más bonito. Llama la atención su barrio judío, que aunque a dos cordobeses como nosotros no nos sorprende, reconozco que merece la pena patearse un buen rato.

Hacemos parada en el restaurante La Parrilla, magnífica elección para degustar un más que digno menú del día “Otoñal”, plagado de referencias estacionales. Ocupa el puesto nº1 de la web de Tripadvisor, y creo que está justificado. Por 22 euros salimos más que satisfechos: Ensalada templada de canónigos con setas y vinagreta de frutos secos, revuelto de setas con jamón ibérico, solomillo con salsa de amanita y bacalao sobre una crema de setas simplemente espectaculares. Sumamos a todo lo anterior el vino, agua, café y los postres, donde mención especial se merece un arroz con leche y castañas delicioso, cremoso y original.

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Con energías renovadas decidimos bajar la comida dando un pequeño paseo. Como sé que a José le gustan mucho los coches y las motos, y en particular los “clásicos”, le llevo sin que lo sepa hasta una pequeña sorpresa que le tengo preparada: ¡el Museo de la Moto y el Coche Clásico de Hervás!

El museo es una obra original surgida de la mente de un amante de las motos, que se empeñó en dar forma a un recinto cuyo estilo arquitectónico es poco menos que mágico. Me recordó a ese anciano que está construyendo una catedral con sus propias manos y materiales reciclados.

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A lo largo de unos 8 pabellones encontramos motocicletas clásicas (Montesa, Bultaco, BMW entre otras muchas). También hay sitio para algunos coches clásicos, y hasta carruajes de época. Me hace gracia una sala donde puede leerse “Aquí se encuentran, a la izquierda, los primeros medios de transporte de su vida y, a la derecha, los últimos”. En un lado se hallan ejemplares muy antiguos de carritos de bebé y en el otro… ¡una ambulancia clásica y un coche fúnebre también de época!

Como puede apreciarse en las fotografías, todo un derroche de imaginación y diseño personal, a lo que se suma un enclave privilegiado y un no menos llamativo monumento a “las motos clásicas que prestaron su servicio al hombre y nunca fueron recuperadas”. Porque si algo destaca en este museo es al afán de su dueño a la hora de restaurar y mimar los vehículos de la exposición, que pueden comprarse si el cliente está interesado y está dispuesto a pagar su precio…

La vuelta a Plasencia la hacemos, como me gusta, evitando la autovía. Está atardeciendo y no nos queda mucho tiempo, pero ello no es obstáculo para tomar la N-630 dirección a Plasencia, carretera solitaria que discurre paralela a la autovía. A la altura de Villar de Plasencia tomamos un desvío en dirección a Cabezabellosa. La subida a este pueblo es espectacular, con los últimos rayos del sol acariciándonos la espalda. Es una pena que con las prisas no podamos detenernos a echar fotos, porque los paisajes bien lo merecen.

Volvemos al Valle del Jerte pasando por el Torno. A lo lejos se ve el embalse de Plasencia, plateado en un extremo y anaranjado en el otro, como corresponde con las magníficas puestas de sol tan típicas del otoño. Finalmente es la N-110 la que nos devuelve al temido motel, en el que pretendemos dormir a pierna suelta y comentar todo lo vivido, que no ha sido poco.

Jornada 2ª

Una vez que levantamos el campamento salimos prestos (y con gasolina) en dirección a Trujillo. La idea es visitar la ciudad natal de Pizarro, uno de los Conquistadores más famosos de la llamada Edad de Oro española. La carretera EX-208 transcurre atravesando el Parque Nacional de Monfragüe, y es la opción más apetecible para llegar a Trujillo.

Extensas dehesas nos rodean por la carretera. Donde hay sol brilla la hierba, pero en la umbría se esconde una escarcha peligrosa para la moto. Disfrutando del paisaje pero con los ojos fijos en el traicionero asfalto, enfilamos las sinuosas carreteras que atraviesan Monfragüe.

La temperatura durante todo el viaje está siendo perfecta. Para estar a finales de noviembre, se entiende. Nos movemos entre cero grados y doce, lo que es tolerable si vas bien equipado. En una curva, justo a la entrada del parque nacional, la escarcha parece transformar el paisaje y volverlo todo en blanco y negro. Aunque parezca retocada la foto, no es así:

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Puede apreciarse la luz del faro de la moto amarilla, una señal roja a lo lejos y un matorral a la derecha un poco verde. Pero todo lo demás parece fundido en un gris que causa frío con sólo verlo…

Monfragüe es un parque nacional bonito, como casi todos, pero bastante modesto. Sus principales atractivos lo encontramos en la fauna (las águilas y buitres leonados se cuentan por cientos sobre nuestras cabezas), pues el paisaje se limita a unos pocos accidentes orográficos de interés (una alargado promontorio sobre el que se alza un castillo y una hendidura que sobre la dehesa ha producido la acción del río Tajo a lo largo de los siglos). No obstante la mañana se presenta con densas formaciones de nieblas que nos permiten disfrutar de un Parque Nacional más mágico que de costumbre.

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Aunque como siempre, todo es cuestión de perspectivas. Aquí hay una foto en el mismo sitio y a la misma hora…

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A media mañana llegamos a Trujillo, con ganas de desayunar en su famosa plaza mayor. ¡Allí nos dirigimos!

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La plaza de Trujillo es uno de los enclaves monumentales más impresionantes de España. No sólo destaca la estatua de Pizarro, o la extensión de la plaza. Lo que nos llama la atención es la mezcla de estilos que se aprecian, los vestigios renacentistas, mudéjares, las huellas de los reinos cristianos y la Reconquista a cada vistazo que echamos. Sabemos que tenemos el Castillo de Trujillo y la ciudad amurallada esperándonos, así que tomamos un café y una tostada de jamón ibérico en la única terraza bañada por el sol, y nos preparamos para lo que se intuye como un deambular por el tiempo…

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Las motos las hemos dejado junto a una tienda que resulta imposible de olvidar por lo original de sus carteles…

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Y como estamos celebrando Santa Cecilia, patrona de la música, una banda nos llena la plaza de pasodobles y música popular española, lo que provoca en algunos lugareños unos bailes tan espontáneos como graciosos…

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En la Iglesia de San Martín admiramos un buen ejemplo de órgano español, que se caracterizan por disponer filas de tubos en horizontal (en el resto de países sólo se colocan tubos verticales).

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Empezamos el paseo por el casco antiguo. He de admitir que mis botas SIDI Adventure se portan bastante bien: son el compromiso perfecto entre comodidad y seguridad. Buena compra, sí señor.

Al igual que ocurre con otros cascos antiguos de ciudades españolas (me estoy acordando ahora del de Cáceres), en Trujillo parece que nos transportamos en el tiempo. Desde el Aljibe árabe que abastecía de agua en caso de que la ciudad fuera asediada, hasta las escondidas plazas y calles que parecen sacadas de un pueblo de la Toscana… todo lo que nos rodea es simplemente espectacular.

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A José y a mí nos gusta la historia, y por ello es normal que aprovechemos un enclave similar para preguntarnos cómo tuvo que ser algo tan impresionante como la exploración del Amazonas. Por muchos libros que lea sobre Orellana, creo que nunca podremos hacernos una idea de las increíbles gestas llevadas a cabo por unos hombres como nosotros, pero que parecen dioses a nuestro lado.

Pasamos junto a la casa-museo de Francisco Pizarro, conquistador de Perú, y nos perdemos totalmente en una recreación escueta pero correcta de su vida y obras. Si alguien se pregunta de dónde vienen los nombres de algunas paradas de metro de Madrid (como Callao, Lima, o Nuñez de Balboa), le recomiendo que agarre un buen libro de historia y disfrute de un relato tan dramático como real de lo que fue nuestro pasado.

El siguiente punto de la ruta (esta vez a pie, porque las motos no existían en el siglo XVI) es el castillo de Trujillo, desde donde puede admirarse una impresionante vista de 360 grados. El castillo domina toda la dehesa que nos rodea y no es complicado comprender las ventajas que en épocas más belicosas que la presente resultaban de ello.

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Mestizaje

El monumento “Al mestizaje” que se encuentra al pie del castillo exige una pausa para retratarme con él…

Y como se acerca la hora de comer, ponemos las narices a trabajar para encontrar el mejor sitio. No muy lejos del castillo encontramos una terraza idílica. Se trata de “El Mirador de las Monjas”, un espléndida elección.

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Aunque parezca sorprendente, todavía puede disfrutarse de un menú de lujo por menos de 15 euros. En el Mirador de las Monjas nos encontramos con una restauración que en nada envidia a restaurante tres o cuatro veces más caros. Yo pido ensalada templada de canónigos con cebolla caramelizada y pasas y de segundo una trucha al estilo del Jerte (con protagonismo del magnífico pimentón de la Vera), y José le mete mano a unos huevos rotos y un secreto ibérico. Todo resulta sorprendentemente exquisito.

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Como nos resulta increíble disfrutar de semejante ágape a tan irrisorio precio, decidimos volver a la historia, a las peripecias de Pizarro o Hernán Cortés. No podemos evitar traer a colación al que considero uno de los mejores historiadores españoles y, creo, el mayor especialista en la figura de Carlos V: Manuel Fernández Álvarez. Nuestra peculiar conversación se alterna con las constantes idas y venidas del dueño del establecimiento, un verdadero profesional cuyo encanto y agradable predisposición acaba por embelesarnos. Aprovecho la confianza que nos muestra para decirle que el arroz con leche no estaba muy bueno: el arroz estaba un poco pasado y desligado de una leche más líquida que cremosa. Ni corto ni perezoso aparece poco después con su mujer, la cocinera, lista para escuchar nuestras quejas. Y yo, que no me caracterizo por tener pelos en la lengua, le digo que todo está riquísimo, pero que yo habría evaporado un poco más la leche y añadido algo de mantequilla al final para obtener una textura más cremosa. Como sé de lo que hablo, y ella también, me reconoce que le ha salido algo líquido, pero que otro día me reta a probarlo de nuevo. Y yo, al saber que además de restaurante tienen habitaciones, me voy de Trujillo sabiendo que ya cuento con sitio donde alojarme cuando vuelva, que volveré, a este reducto vivo de la historia de España.

Nos separamos dejando atrás un fin de semana impresionante y una ruta que, por suerte, ha salido tal y como había planeado. Vuelvo a Madrid por la autovía A5, porque se hace de noche y tengo una entrada que escribir. El tramo hasta Navalmoral de la Mata es muy bonito, y partir de ahí discurro con la Sierra de Gredos a la izquierda, mostrando algunas cumbres nevadas como anticipo del invierno que está por llegar.

Una vez en casa me pongo a escribir y preparar esta improvisada crónica, no sin antes dejar sobre la mesa algunos de los libros de Manuel Fernández Álvarez que pienso releerme…

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Un abrazo fuerte y os dejo, que ya es tarde y hay que volver a la realidad diaria del trabajo y la monotonía. En mi mente quedan éstas y otras historias para ayudarme a llegar sano y salvo hasta la siguiente ruta.

Ahora… ¡a disfrutar de la Torta del Casar que he comprado en Trujillo!

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3 Comments

  1. Hola Luís, ante todo felicitarte por tu blog ya que me tiene totalmente enganchado y además lo estoy tomando como referencia para programar mi primera escapada; la verdad es que me ha encantado esta ruta que propones, además al tratarse de mi primera salida prefiero ir sobre seguro.
    Verás, en la ruta por Extremadura, al principio del itinerario hay una parte en la que dices, y cito:
    “Con los motores rugiendo de nuevo salimos en dirección al Valle del Jerte, tomando la carretera EX-203 hasta Jaraíz de la Vera. Desde allí tomamos desvío circular por la EX-392 y luego la CCV 904 hasta Jarandilla de la Vera”.
    La cuestión es que no consigo localizar en google maps la ccv 904, ¿podrías detallarme un poco mas ese tramo?
    Mucha gracias y un saludo.

    • Buenas tardes, Pedro García.
      Me alegro mucho de que te guste el blog. La verdad es que lo tengo abandonado porque el año pasado estuve liado con la fundación de AEMOTUR (Asociación Española de Mototurismo) y ahora estoy en otro proyecto personal, laboral y familiar: acabo de mudarme con la familia a Suiza, donde estaré 4 o 5 años. Así que ahora mismo la moto, el blog, el facebook y todo eso lo tengo un poco parado. Pero me gusta saber que sigue siendo de utilidad.
      Creo que la carretera CCV904 corresponde con la EX-119. Mira a ver si eso cuadra 🙂
      Un abrazo fuerte y no dudes en mandarme alguna foto, por si le doy “vidilla” al Facebook subiéndola.
      Luis.

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