Dejad los tacos para el campo

No me refiero a que nos vayamos al campo a gritar “¡cojones!” ni nada por el estilo (aunque siempre es mejor que decirlo en la ciudad), sino a que por fin le puse ruedas de tacos a la moto y los estrené en una pequeña ruta con mi amigo Alberto. La ruta, una clásico cerca de Madrid que discurre por tierras alcarreñas, es una de las muchas “Tranki-trails” de Wikiloc. Aunque nosotros la hicimos más “tranqui” que trail

Y es que con escenarios así de placenteros merece la pena ir tranquilo, disfrutando del paisaje, del aroma del campo, de los animales, y dejando atrás por un rato esa ciudad con boina de dióxido de carbono en que se está convirtiendo poco a poco la capital de España.

La ruta la realizamos por consejo de mi estimado mentor motero Gulumero (sí, rima, qué pasa: uno no puede evitar ser poeta ni aunque se lo proponga), y fue todo un acierto, ya que se trata de una ruta accesible a nuestro nivel, muy bonita y con pocos sobresaltos (salvo algunas trampas de arena y una cuesta muy pronunciada que tomé, olé mis cojones, sin desconectar el ABS y casi me voy al suelo).

Los preparativos fueron los típicos: moto inmaculada, gasolina, equipo (gps, camelbags, cámara de video…), redbull/café matutino y el campo delante nuestra. Sin duda, la mejor visión para una mañana de sábado…

La ruta atraviesa varias localidades por caminos forestales y agrarios principalmente, lo que conlleva el peligro de encontrarse a esos increíbles monstruos que parecen sacados de una batalla final contra SKYNET en plan Terminator… sí, vale, es una simple cosechadora, pero o te sales del camino o acabas dentro de un paquete de muesli…

Pasamos cerca de un casa muy antigua, protegida por Patrimonio, ya que fue construida, junto con el puente de piedra que está a su lado, reinando Carlos III. Como estaba prohibido echar fotos, colgaré nada más la de la inscripción del puente (el resto me las guardo, jejeje).

Algunos de los pueblos por los que callejeamos parecían perdidos en el tiempo, sobre todo por la cantidad de elementos típicos que contenían, que ya van pareciendo más propios de una película de Berlanga (el panadero pregonando su mercancía en la plaza mayor, la cabina de teléfonos…).

Cuando lo único que nos rodeaba era campo, empezamos a ver animales, ya fueran liebres y corzos, o animales a los que extrañamente les gustaba el fútbol, como este perro con collar del Real Madrid o esta especie de neanderthal con camiseta de “odio eterno” al F.C. Barcelona…

La ruta llegaba a su punto final por una zona cerca de Yebra y Pastrana. Se supone que debíamos dar la vuelta y seguir por campo, lo cual era todo un placer con mis nuevas ruedas de tacos: no pienso poner otras diferentes, tal es la sensación de agarre y firmeza que transmiten en la conducción fuera de carretera. Pero como digo, íbamos más de tranquilos que de trail, así que decidí proponerle a mi compañero una ruta alternativa, aprovechando que conozco un poco Alcarria profunda (no en vano viví por allí un tiempo, y mi amigo Gulusmero se encargó de enseñarme bastante de sus riquezas escondidas).

Y eso hicimos: comida en Sacedón, baño en el pantano de Pareja y ruta hasta Brihuega por caminos que no ven un solo coche en 24 horas…

Sí, aunque no lo parezca: esto es Guadalajara. Está claro que no es la “Cala de los alemanes”, “Caños de Meca” ni otra de las miles de maravillosas playas de nuestro litoral español, pero este mar de Castilla como se hace llamar tiene muchos encantos para alguien que, como yo, es capaz de sugestionarse para convertir lo peor en excelso: agua cristalina, se aparca gratis, no hay medusas, ni chiringuitos llenos de guiris, ni calor excesivo… ¿quién da más?

Tras un reconfortante baño, que nos costó abandonar, nos encaminamos a Brihuega, precioso pueblo cuyos vestigios son muestras del poderío del que gozo antaño. Los caminos son perfectos para la moto: curvas sinuosas, enlazadas, sin tráfico, rodeadas de verde y más verde. Pero un momento que nos detuvimos a echar una fotografía curiosa… ¡pasó un coche!

La visita a Brihuega, que ya comentaremos en otra ocasión, acabó en La Peña Bermeja, un restaurante que me encanta, donde pudimos tomar un café de puchero acompañado de un tiramisú magnífico y una tarta de queso exquisita, pero con la consistencia calórica de un ladrillo de azúcar…

Y tras 12 horas de ruta (desde que nos levantamos hasta que acabé con la moto limpia de nuevo, cadena engrasada, gasolina, equipo limpio y puesto a secar y yo mismo en la piscina…), y la sensación de querer repetir pronto se despide este humilde escritor de ustedes, animándoles a que cuando la ciudad os estrese guarden los tacos y salgan un poco al campo, andando, en coche o en moto, perdiéndose por pueblos perdidos, acompañados por buena compañía o bien solitarios en soledad…

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