Clásicos valencianos

Seguimos con los propósitos de enmienda para 2013, y en lo que atañe a seguir cogiendo la moto, qué mejor que escapar del frío madrileño y disfrutar de un maravilloso y largo fin de semana en Valencia, con bellos paisajes, magnífica comida y mejor compañía. Pues eso, a entra en febrero con buen pie. Y mejor rueda…

Día 1. Calentando motores

El primer día de una ruta larga suele ser algo pesado, con muchas horas de viaje sólo para llegar al punto de destino. En mi caso no fue una excepción.

La salida de Madrid me pilló con una niebla y un frío que en nada auguraban el cariz del clima que encontraría en Valencia. La A-3 se mostró como nos tiene acostumbrados: aburrida como ella sola, aunque la niebla añadió algo de expectación, con bosques y montes apareciendo y desapareciendo como por arte de magia, y una bruma baja que transformaba paisajes anodinos en estampas misteriosas e intrigantes.

Tuve suerte de ir bien pertrechado, pues en algún tramo (mi amigo Ginés ya me avisó de ello) el termómetro bajó hasta los cero grados. El panel electrónico de la moto indicó el brusco cambio de temperatura y avisó con una señal de hielo intermitente de la posibilidad de encontrar hielo, aunque antes de recibir dicho aviso digital mi piel analógica ya me había avisado, cuarteándose un poco para llamar mi atención.

La primera gran inversión después de la moto es el casco, y después un buen vestuario. En estos momentos me alegro de tener buena chaqueta, guantes y braga, así como los puños calefactables. No estaba en una sauna, pero viajé con relativa comodidad.

Cuando viajas solo por autovía es frecuente sentir aburrimiento. Estuve todo el viaje pensando que sería conveniente apañarme uno de esos intercomunicadores para el casco, con los que puedes escuchar el GPS, la radio, música, hablar por teléfono o con otros motoristas.

Nota mental 1: Comprar un intercomunicador.

Nota mental 2: No tengo un euro

Nota mental 3: Destruir nota mental 1 e intentar modificar nota mental 2…

En Valencia me esperaba mi amigo Ginés, que salió a recogerme a un pueblo cercano a Valencia llamado Buñol (en efecto: el de la célebre tomatina). Desde allí me llevó atravesando pueblos hasta el Palmar y, finalmente, al Parque Natural de la Albufera, donde dimos buena cuenta de un arroz a banda en primera línea de playa (“La Dehesa”, en la playa del Saler). Si digo que el termómetro marcó 25 grados de máxima, y que mis sudadas piernas corroboraban semejante despropósito climático a primeros de febrero, seguro que no me creéis. Pero así fue: en tres horas pasé de cero a veinticinco grados. Creo que mi cuerpo dilató unos cuantos centímetros, para beneficio de mi hombría…

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Acabó la primera jornada con un paseo por el centro de Valencia, ciudad encantadora cuyo patrimonio histórico y gastronómico no es ajeno a la influencia árabe y a un pasado grandioso como reino medieval. La luz mágica que bañaba la Ciudad de las Arte y las Ciencias me hizo olvidar aquella mañana brumosa y me explicó por qué se conoce a Valencia como La Ciudad de la Luz.

Por la noche le comenté a Ginés lo del intercomunicador y (qué casualidad) él tenía uno de sobra. Me dijo que lo usara el fin de semana, y que si me gustaba, me lo dejaba rebajado. Y encima podría pagárselo “en cómodas mensualidades”. Miel sobre hojuelas, que se dice por ahí…

Nota mental 4: tener más amigos como Ginés.

Día 2. “Un clásico

Efectivamente, “un clásico”. Eso me dijo El doctor, uno de los moteros que nos acompañó el segundo día en una ruta espectacular. “En Valencia hay miles de rutas, pero esta que estamos haciendo es un clásico”, me dijo. Y tenía razón, sin duda. Alguien tan inexperto como yo se siente muy cómodo rodeado de gente tan experta y de la que siempre puedes aprender. Esta ruta fue un buen ejemplo de ello.

Salimos temprano de Valencia en dirección a Buñol, y desde allí recorrimos una carretera sinuosa bastante atractiva, que nos llevó a un pequeño pueblo llamado La Portera. Allí asistí a lo que parecer ser una costumbre por estas tierras: el “almuerzo”. Para mí, almorzar es sinónimo de comer, es decir, la comida del mediodía diferente del desayuno, la merienda o la cena. Dentro de La Portera hay un pequeño bar llamado “La Sartén”, nombre que ya anticipaba el tipo de platos que podían degustarse en su interior. Allí se supone que pararíamos para almorzar… a las 10.30 de la mañana. Y no un café y seguir de ruta, sino un “desayuno motero”: ajo arriero, chuletas, chorizo, morcilla, patatas, huevos… regado con vino y un carajillo (o cremaet, com es diu a valenciá). Mi intención de mantenerme vegetariano para rebajar el colesterol se encontró con más obstáculos que la moto por un pedregal lleno de minas.

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Acabado semejante atropello (sigo con los símiles de conducción) contra la decencia, el buen gusto, la moral recta y las costumbres y fiestas de guardar, así como contra la salud e integridad propia y de terceros, seguimos ruta hasta Cofrentes, con su imponente central nuclear y pantano próximo. Desde allí, y siempre por carreteras agradables, plagadas de curvas entretenidas y paisajes de ensueño, nos dirigimos a Villa de Ves. En aquel paraje recóndito nos aguardaba, como un tesoro escondido, una ermita cuyo entorno nos sobrecogió a todos, incluso a los que como Ginés y yo llegábamos allí por primera vez. Por si acaso, además de grabar la ruta en mi GPS, marqué las coordenadas como punto de interés: aquí pienso volver.

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Tuvimos ocasión de admirar el vuelo rasante de un buitre leonado, que animó al Doctor a emular su batir de alas…

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Antes de marchar, aprovechamos para una pequeña sesión de fotos…

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IMG-20130202-WA0024 (Imposible no subir la anterior fotografía de El Becario… ¡sensacional!) IMG-20130202-WA0028

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(No, no es un palo de golf… es la cámara con un extensor)

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Nos despedimos de un enclave tan singular con algo de pena, pues de lo bueno uno no se cansa, o lo hace poco a poco. No mucho tiempo después llegamos hasta Utiel, donde nos separamos del resto del grupo (Alejandro y Vicente). Los que quedamos, exhaustos y famélicos (sic), hicimos una última parada en el embalse de Benagéber antes de comer en un magnífico asador…

Mientras redacto la crónica del segundo día disfruto de mi danacol nocturno, así que prefiero ignorar los avatares culinarios y concentrarme en la impresión que me causó el embalse y lo que allí vi. Hacía mucho viento, lo que provocaba que el embalse se erizase como un animal salvaje a punto de abalanzarse sobre nosotros. La estructuras que rodeaban el embalse parecían ruinas sacadas de un cuento de fantasía. El proyecto comenzó en 1933, es decir, en tiempos de la II Répública Española. En 1955 concluyeron las obras, y el embalse pasó a llamarse “Del Generalísimo”. Ya en democracia, cuatro motoristas disfrutamos viendo las dramáticas olas del embalse, echando fotos y evacuando líquidos escondidos entre los matorrales. Da que pensar. O al menos a mí me dio que pensar.

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Aunque no lo he mencionado, los intercomunicadores funcionaron a la perfección. Se trata de los famosos Scala Rider G4. Pudimos ir conversando sobre temas tan dispares como futuros viajes, el caso Bárcenas o qué íbamos a cenar por la noche. La calidad del aparato es bestial, pues no se escucha el molesto ruido del viento, y la comunicación se hace fluida y hasta una distancia de kilómetro y medio. Todo un acierto para los viajes en moto. Fue un placer estrenarlo con Ginés.

La vuelta a Valencia se realizó sin contratiempos, como era de esperar después de una ruta que colmó mis expectativas sobremanera, y que hubiera justificado por sí sola mi visita a Valencia. Pero mañana me espera una ruta por pistas que promete diversión, y a la vuelta a Madrid pienso investigar un poco por una ruta alternativa a la archiconocida (y archiaburrida) A-3. Así que me acuesto ya, disfrutando de las fotos y recuerdos de esta ruta “clásica”, y me duermo agradeciendo a El Becario el hecho de haber sido un guía excelente.

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Día 3. Como los bolos

Sí, como los bolos: nos caímos todos. Y algunos como yo, varias veces. Podría decir que salimos cinco y volvimos cuatro, pero vayamos por partes para no asustar a nadie.

El día amaneció fresco y totalmente despejado. Quedamos en una gasolinera a las afueras de Valencia para iniciar la ruta. Además de Ginés y un servidor de ustedes, nos acompañarían Denis, Pedro y Gsigler2. Pedro apareció con su “pequeña” Husqvarna, lo cual, por lo que me contaron, no era augurio de una ruta tranquila.

Lo primero que hicimos fue rebajar la presión de los neumáticos. Pedro, tan experto y buena gente como es (y como más adelante comprobaría), me preguntó por mi experiencia off-road. No tuve mucho que decirle, pues le bastó con ver mi moto para darse cuenta de que los pedales del freno y del cambio los tenía muy bajos. Ese tipo de cosas delatan, aunque yo le dije que tenía experiencia. “Bueno, iremos tranquilos, y ya veremos”, me dijo. Y sí que vi…

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Comenzó la ruta por una pista nada más dejar la gasolinera. Era un camino sencillo entre naranjos (como no podía ser de otro modo por tierras valencianas), y nos sirvió como calentamiento. Pero he aquí que, llegados a una curva cerrada, con peralte contrario, un árbol obstaculizando la visión y una acequia en la izquierda, nos dimos el primer susto. Gsigler2, que ya se cayó en esa curva en otra ocasión, repitió en ésta. Seguramente fueron los nervios, o el recuerdo, pero la cuestión es que frenó demasiado y fue al suelo. Sufrió daños en el hombro y en el radiador, que se le descolgó un poco. Lo más sensato (y por qué no, triste) era volver a casa. Eso hizo.

Los cuatro restantes seguimos por pistas más atrevidas que la inicial, hasta el pequeño pueblo de Alcublas, donde degustamos otro “almuerzo” a lo valenciano.

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Desde Alcublas comenzamos una ruta circular toda por pistas. He de agradecer a Pedro el hecho de haber preparado una ruta explosiva que mezclaría, como si un curso se tratase, gravilla, piedras, hielo, barro, arena y otros obstáculos. Si la idea era prepararme y mejorar mi conducción en campo, ¡vive Dios que no había mejor ruta!

En una curva cerrada cometí la imprudencia de acelerar bruscamente, cargando el peso de manera incorrecta y provocando una pequeña caída. La moto no recibió daños, y yo un pequeño moratón en el muslo (suerte de llevar protecciones). No sería la primera ni la última. Un poco más adelante volvía a caer, al subir una cuesta con grava en segunda y llevar la moto a punto de calarse. Efectivamente se caló, y no pude sostenerla en pie. Y hasta otra vez que Pedro pasó a mi lado, me eché un poco a la derecha y, por tener mal apoyo, fui al suelo.

Llegado ese punto pensé que no podría seguir. Estaba cogiéndole algo de miedo, el cuerpo se cansa, la tensión te juega malas pasadas, y la cosa se complica en tu mente. Ginés me dijo que no cogiera miedo. Eso hice. Respiré. Me relajé. Y decidí que no volvería a caerme…

No os podéis imaginar cómo le pagué a Ginés su consejo.

Esto es lo que nos gustaría hacer:

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Y esto fue lo que hicimos en realidad…

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(Si el Rey sale en fotos cazando elefantes, yo quería una cazando Gs1200, ¿qué pasa?)

Pues justo cuando le digo a Ginés: “Gracias, ahora estoy más relajado y no volveré a caerme”, voy y lo tiro a él. Sí, fui cada vez más lento y, cuando me pasaba por la derecha, yo me incliné y lo tiré conmigo al suelo. “No pasa nada, estoy bien”, me dijo.

Nota mental 5: si no consigo hacer efectiva la nota mental 4, al menos debo conservar a Ginés como amigo.

Pero la ruta nos deparó más sorpresas. Denis cayó, y, casi en un acto de solidaridad, Pedro se escurrió al pisar una placa de hielo que, a diferencia del resto, no cedió a su peso. Sé que mal de muchos es consuelo de tontos, pero cuando comprobé que yo no era el único que me había caído, respiré aliviado: apenas había tenido caídas en campo, y ese día ya iban cuatro. Creo que a Pedro no le hizo falta volver a preguntarme sobre mi experiencia…

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Después de las caídas y las placas del hielo nos esperaban más caídas. Pero por una vez no fue un motorista, sino un árbol. ¡Y qué árbol!

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Aprovechamos el obstáculo para descansar un poco y admirar el paisaje. Pero por mucho que esquiváramos la mirada, allí estaba el tronco: grande, pesado, inmóvil.

Después de debatir un poco sobre la mejor forma de quitar el árbol del camino (pasar por encima, cortarlo…), optamos por levantarlo del suelo para que no se clavaran sus ramas en el suelo y lo giramos lentamente. Varios tirones, bufidos y hernias discales después, conseguimos nuestro objetivo. La vía quedó expedita y pudimos seguir hasta la siguiente trampa: un charco congelado que al final no fue tan serio como parecía.

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La última sorpresa de Pedro fue un tramo de arena muy largo. Sé que Pedro no sabía que era tan largo ni tan arenoso, pero el me reconoció, una vez que lo atravesamos, que no se hubiera metido por ahí con su GS1200…

Ginés y yo recordamos el curso off-road en Segurilla de Toledo, donde nos conocimos, y en el que aprendimos muchas cosas. Entre ellas la de cómo comportarse cuando conduces sobre arena: peso bien repartido, ligeramente atrás, brazos semiflexionados y sueltos, dejando que el manillar campe a sus anchas mientras llevamos la moto en una marcha larga a su tran-tran. Eso hicimos y salimos airosos, a pesar de que fue un tramo muy largo, en cuesta, con curvas cerradas y bastantes dunas que provocaron no pocos sustos cuando nos derrapaban las ruedas. Parecíamos góndolas en una tormenta veneciana.

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Pero al final sobrevivimos. Las fotos así lo demuestran. Supongo que será por los efectos de los refrescos que tomamos en el Lázaro, en Teresa.

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Acabó la ruta con muchos más kilómetros de pistas. Creo que ha sido, sin duda, la ruta por pistas más larga que he recorrido nunca. Y eso se nota, ahora que escribo días más tarde, por las agujetas que todavía siento en los hombros y piernas. Para homenajear al Doctor, nos echamos una foto donde tuvo el desgraciado accidente con su moto.

Menos mal que pudimos recuperar fuerzas tomando unas buenas naranjas y mandarinas valencianas. Pedro nos llevó hasta su huerto para que cogiéramos y comiéramos las “mejores naranjas” de toda Valencia. Y no nos engañó: las mandarinas estaban espectaculares.

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(Para ser un GS Rider, hace falta ser un poco “leonino”)

Cuando le pregunté “cuántas podía coger”, el gracioso de Pedro me dijo: “las que puedas hasta que venga el verdadero dueño”.

No hay que decir que nos fuimos rápido, aunque yo me llevé un curioso acompañante para el viaje de vuelta…

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Antes de acabar el día, pasamos por la gasolinera de rigor para darle un lavado a las monturas. Aquí os dejo algunas fotos de la sesión.

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(Aquí tenemos el ANTES)

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(y aquí el DESPUÉS)

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(Aquí está la bicha de Pedro) CIMG0170

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Pedro nos comentó el proyecto de viajar en Semana Santa a Marruecos. Lo primero que pensé es en apuntarme, pues cuando hay experiencia y buen rollo, no puedes desaprovechar las oportunidades que te brinda la vida. Pero debo recordar la nota mental 2, así que lo dejaré en barbecho y ya veremos. Puede que la siguiente crónica del blog venga de fuera de la península ibérica…

Me acuesto esa noche recordando la espectacular ruta que me han enseñado, e imaginando lo que sería recorrer el Atlas y las costas y pueblos de Marruecos.

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Día 4. Vuelta a casa

Para la vuelta a Madrid opté por seguir los consejos del libro de “España en moto” de Pedro Pardo, una buena guía para visitar rincones de encanto y rutas sensacionales sobre las dos ruedas. Elegí la ruta que lleva de Sagunto hasta Cuenca, a través de algunos pueblos y parajes olvidados, carreteras de montaña abandonadas y otras sorpresas. Cualquier cosa antes que volver por la A-3.

Como soy un hombre preparado, pero algo chapuzas, me preparé mi propio “Roadbook” de con los nombres de los pueblos de la ruta, para no tener que parar a cada cruce. Ginés me prestó el papel, el bolígrafo y la cinta adhesiva. Si algo parece cutre, ya sabéis a quién culpar…

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La ruta sube desde Valencia hasta Sagunto y luego me desvío hasta Segorbe. Si hay intención de visitar alguna de estas localidades, merece la pena esta salida. En caso contrario, y como me recomendó Pedro, es mejor ir en diagonal hasta Alcublas, y así no hay que subir tanto. En todo caso, advierto que Sagunto y Segorbe cuentan con un patrimonio histórico y artístico espectacular, y merecen una visita.

“Volveré a visitarlas otra vez”, pienso, mientras dejo a la derecha el castillo de Sagunto, que reposa sobre el lomo de una montaña, hendido en la roca, como si hubiera sido construido sobre una gran cicatriz en la piedra. Poco después me sumerjo en carreteras alejadas de todo lo ordinario y empieza el disfrute y la aventura…

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Algunos tramos de la ruta son aburridos, nada destacables. Pero de vez en cuando, y sobre todo llegando a la provincia de Cuenca, el entorno cobra fuerza y vida, aparece un verde desconocido en Valencia, y me despido del mar (se divisa a lo lejos desde los puertos de montaña, con el peñón de Denia entre la bruma matinal) para adentrarme en otro mundo.

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Uno de los puntos más impresionantes de la ruta es, efectivamente, la entrada en la provincia de Cuenca. El puente que pasa sobre el río Turia impresiona, por su altura, enclave y majestuosidad. Las hoces son sensacionales, y merece la pena pararse un buen rato a disfrutarlo todo en silenciosa contemplación.

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A partir de ahí, creo que merece la pena, y mucho, la carretera que sube desde Santa Cruz de Moya (curvas y asfalto impecables, así como buenas vistas), y el pueblo de Boniches. Lástima no haber tenido tiempo para detenerme más en ellos. Pero me lo apunto para próximas excursiones.

Una vez en Cuenca, cogemos la autovía hasta Tarancón y de allí hasta Madrid. Todo fácil. Todo aburrido.

No sé si la vuelta que di mereció la pena, pues supuso al menos dos horas más de trayecto y unos cuantos kilómetros, pero estoy orgulloso. Parte del encanto de viajar en moto es precisamente eso, descubrir nuevos parajes, transitar carreteras solitarias, enlazar curvas y curvas, admirar los puertos de montaña. Y sobre todo conocer sitios a los que nunca llegarías (o te plantearías llegar) de otro modo. Con esta ruta me guardo en la mochila de proyectos algún que otro lugar para visitar…

Acabo esta crónica, larga y complicada, esperando que algunos de los “nanos” de Valencia que me acompañaron la lean y disfruten, al menos, una décima parte de lo que la he disfrutado yo viviéndola y recordándola. ¡Si me seguís tratando así, juro que volveré!

Quedan en mi cabeza las maravillas de conducir con el intercomunicador, las rutas de asfalto, pistas, las naranjas, el viaje a Marruecos… demasiado para un fin de semana, ¿verdad?

Ojalá todos fueran así.

Nota mental 6: vivir cada día como si fuera el último.

Nota mental 7: nunca olvidar la nota mental 6.

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